Del mar me gusta la azotea.

Soleada y al viento, reclamo su horizonte

como mío: en días transparentes

descubro la otra orilla, de donde viene el sol

entre sábanas portado, juguetón como un dios que me busca:

el sol, mano que pinta sobre el mar marineros

y pájaros-gaviota hasta llegar a puerto. Habrá mercado

luego, me prometo.

Siempre demoro el tiempo de tender

la colada, mientras traigo a mis labios canciones

y argumentos por bocas de mujeres

que nunca conocí. Anclada

estoy al ancho caudal de costa a costa.

Dejo que el viento

entienda mis razones, que pruebe

su poder contra mi cuerpo. No opongo nada.

Hay un mar de rumores,

claros como las nubes de días transparentes

en el Mediterráneo,

que habita la azotea

y la música

y todas las palabras que conozco.

 

 

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Eleftheria Arvanitaki

youtube explica:   a musical meeting of Greece and Cape Verde, through the vocal talents of Eleftheria and the composing skills of Teofilo Chantre, Cesaria Evora’s main collaborator!

………… no sé, me sigue pareciendo, aun con la mezcla, encarnadamente mediterráneo……………..

 

* Actualización:::;

39 Escalones menciona en su comentario a este post la versión que hace Eleftheria Arvanitaki de la canción de Amaral “El universo sobre ti”. Merece la pena actualizar con ella la entrada:

 

 

   

 

  (Este texto fue publicado en el último número de El Cronista de la Red, mientras estaba preparando la reunión de los textos de “La arquitectura…” . Entiendo que aquí vuelve a tener un lugar justificado::::::      

           

 

Llegué a Sicilia como quien entra en una obra de Luigi Pirandello. Una obra que deja de ser la que era para dar cuartelillo a unos nuevos personajes, huérfanos de autor, que no saben cómo terminar su historia por si mismos. Aterricé en Palermo sin maleta por obra de Alitalia. Y del destino, porque Alitalia no es capaz ni de montar la escenografía necesaria para una obra de teatro siciliana. El atrezzo lo empezó a construir el taxista que me esperó tres horas en el aeropuerto Falcone e Borsellino. El aeropuerto anda metido en plena renovación, con todas las tripas al aire, como si acabara de estallar una de aquellas bombas con las que años atrás esa tierra se llenó de terror. En medio del desorden aquel hombre redondo sujetaba uno de los típicos cartelones que hacen visible el nombre de la agencia de viajes en cuyas manos depositamos temporalmente nuestra vida. Qué temerarios somos todos en el fondo y qué confíados . Al gestionar el envío de mi extraviada maleta, me di cuenta de que no conocía la dirección del hotel al que debía dirigirme. Llegue a Palermo como un viajero de verdad, sin equipaje y sin ubicación.

 

        No saber no siempre sale mal. El hotel estaba en el camino de Monreale y era una preciosidad, con una enorme terraza afrontada a las montañas. Otra cosa que no sabía era que el taxista conduciría, del aeropuerto a la ciudad, a mil por hora, pegado al culo del automóvil delantero, pasando y traspasando de carril constantemente, mientras gesticulaba muy divertido todo el tiempo y yo, pese al terror, no podía hacer otra cosa que reírme sobre aquella autovía tan estrecha y llena de hormigón por todos lados, que más parecía un túnel del lavado que carretera. Al final del túnel, Mimmo Cuticchio y el mar, pensaba yo todo el rato, porque una de mis ideas básicas para Palermo era comprarme una marioneta en este taller de fama internacional. Ruggiero fue la marioneta elegida ya de inmediato al día siguiente.Un personaje de la Opera dei Pupi, al que tuve que desmontar para meterlo en la recuperada maleta, cuando partí de regreso. Ya está muy bien y muy entero de nuevo en mi estudio. También compré un simplísimo y encantador teatrillo de madera allí, en el taller de Cuticchio, en Vía Bara all´Olivella, cerca del gran Teatro Mássimo, el tercero mayor de Europa dedicado a la ópera y en cuya escalinata muere Mary Corleone, al final de la  tercera parte de El Padrino.

 

 

 

        La noche anterior, nada más llegar a Palermo, estuve paseando por  los Quattro Canti, la encrucijada barroca que anuda via Vitorio Enmanuelle y via Maqueda, y vi también Piazza Politorama. Una visión inusitada de Palermo, casi sin automóviles. Toda la aristocracia palermitana pasó por estas calles durante siglos, sin apenas inmutarse ni moverse mucho, sólo para ir a Roma, Londres o París a las temporadas de música y a comprar ropa elegante. Sus iguales europeos y también muchos artistas e intelectuales vinieron tempranamente a Sicilia, a la Magna Grecia, el omphalos verdadero de Europa, antes de que Europa fuera germanizada y ordenada en cuadriculas por los seguidores de Lutero. Aquí en Palermo, Lutero ha debido de parecer siempre un demonio. Más que Mahoma.  El paseo por Vía Tukory, - tras una infructuosa visita al Museo Internacional de Marionetas, en Vía Butera, la misma donde vivió Tomasso di Lampedusa después de la segunda guerra mundial-,  me trajo añoranzas de Estambul. Pude, sin embargo, superar esta melancolía de mimbre antiguo gracias a los espléndidos mosaicos de La Martorana, ejecutados a mediados del siglo XII por auténticos artistas constantinopolitanos, que fueron traídos expresamente para tal labor. En La Martorana, o en cualquiera de las numerosas iglesias construidas y reconstruidas en Palermo, se puede descansar del trajín bullicioso de los habitantes de esta ciudad y de sus abigarradísimos mercados populares como Vucciria o Ballaro, en los que seguro que una pudiera haber desaparecido per secula seculorum amén, sin dejar el más mínimo rastro.

 

De todas formas, creo que no supe ver  bien Palermo. Entendí más cosas luego, cuando ya no podía mirar. Y por Siracusa pasé muy deprisa. Este viaje a la Magna Grecia va a requerir de más aterrizajes. A Siracusa, claro, le envidié el mar yo, que vivo todo el año en la otra Zaragoza, la aragonesa. Y todos esos vestigios del pasado conservando todavía su propio espacio, y no como en mi ciudad, derruidos muchos sin piedad y otros disimulados en la amalgama del paso del tiempo. Siracusa es el epicentro de la Magna Grecia. Hasta la catedral sigue siendo todavía un templo griego literalmente. Nada ni nadie ha podido borrar el eco heleno de los nombres que aquí perviven: Dionisio, Geón, Hierón, Apolócrates, Agatocles, Aretusa … Di un paseo por la isla Ortigia, al mediodia, hasta la fuente de Aretusa, la náyade a la que persiguió Alfeo sin denuedo, empeñado en contradecir al nativo siracusano, Arquímedes, primero, al parecer, que fue en enunciar que la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos. “Dadme un punto de apoyo y os levantaré el mundo”, enunció Arquímedes, unos días después. ¿Para qué más? Así era la Magna Grecia, clara como el sol el día que estuvimos en Siracusa.  Arquímedes murió en el sitio romano que acabó con el seny griego, pero no con la ciudad.  Después de las calles luminosas de Ortigia, fortificada firmemente contra la piratería por Carlos V, comimos en un bello lugar con un fondo de mar sin límite, como a mi me gusta.

 

A Sicilia le ocurre un poco como a España: hija de cien mil leches: griegos, cartagineses, romanos, musulmanes, normandos, franceses, aragoneses, españoles… todos han hollado su estratégico suelo. Quizás de aquí provenga ese fatalismo tan literario que parece apoderarse de todas las visiones sobre la isla, incluida la más famosa, la de Lampedusa en El gatopardo: “Algo debe cambiar para que todo siga igual”. Con tanta gente por allí constantemente, no es raro que Sciascia estuviera convencido de que “Sicilia es el mundo”. ¿Para qué más? Pero sin embargo, Sicilia ha sido madrastra para muchos de sus hijos, abocados a la emigración, como si el irascible padre Etna no quisiera guardarlos a todos.

 

Yo también sentí el desamparo del Etna. El día que ascendimos a su cumbre se me rompía la garganta, como si me hubiera tragado un quintal de ceniza ardiente; tenía fiebre y la cabeza no me daba para mucho. Lamenté la tranquilidad del volcán. Quizás hubiera preferido no alcanzar la cima, y haberlo visto en plena actividad, como había estado unos días antes.  Así no me hubiera sentido tan abandonada. Pensé en Empédocles, irreductible. Pero lo hice con la visión de Hörderlin y deduje que si me sentía tan lejana de todo allí, en el Etna, debía ser porque ya no tenía amor por las cosas, conversa a la secta de Empédocles como me había hecho en un tris tras, mientras subíamos en aquellos cuatro por cuatro colectivos para turistas, que son como gigantescos y prehistóricos crustáceos. Me preocupé aún más. ¿Cómo había llegado a aquel estado de desolación?. Hasta que recordé que a Goethe le gustó mucho Sicilia y me senté sobre la lava, al borde de un cráter humeante, mirando hacia el centro de la tierra. Todos paseaban ansiosos alrededor, a miles de clicks fotográficos de distancia. Cuando escuché desde el fondo del infierno la voz de Empédocles, le mandé a paseo y me quedé en paz.

 

 Durante el descenso pude admirar la vista de Calabria al otro lado del estrecho y me sentí nueve veces reconstruida, como la ciudad de Catania, tras la furia del Etna. Tantas veces como los círculos del Dante. La última tras la tremenda erupción volcánica de 1669 y el terremoto de 1693, que fulminó a dos terceras partes de la población. La ciudad se empeña en conservar su pulcro barroco de tiralíneas, surgido, tras la catástrofe, a lo largo de treinta años de la mano del arquitecto Vaccarini.. Su armonía estética, reconocida como Patrimonio de la Humanidad en 2002,  parece hoy en día rota y puesta en entredicho por la ola encrespada de la inmigración, que callejea desaborlada entre los turistas: Catania, puerto de Europa. Catania es el presentimiento del fin de este imperio que nos fagocita.  El Etna omnipresente.

 

Aunque, menos poderoso en Taormina. Pero también. Entre el volcán y el Jónico, Taormina es la perla azul de Sicilia, asomada al mar de Eneas desde la ladera del monte Tauro.  Sobre la escena del antiguo teatro griego, que los romanos reconstruyeron restándole gracilidad, un guía local de la ciudad se empeñaba en explicarnos la diferencia entre el logos griego y la praxis romana. Aquel guía se sentía descendiente de los griegos y no hablaba muy bien de sus propios conciudadanos. No sé más. Confieso que yo miraba desde lo alto de las gradas al mar,  ligada por un metafórico cordón umbilical a aquel paisaje que era el mío. Un paisaje que he reconocido siempre, desde las largas tardes estivales de la infancia atravesadas de cal. Hay colores que son nuestros ojos. El Corso Umberto I, calle antigua de época romana, está lleno de tenderetes bullangueros e imposibles. En la terraza interior de una de las cafeterías volví a encontrar a los puppi, apuntalados contra la pared: otro reclamo turístico. Al mirarlos aquel día, recordé que la tristeza, como la belleza de la naturaleza, cambia y es duradera.

 

En Taormina, me despedí de Agnello. Pero no quisiera recordarlo. La sombra de Agnello me había acompañado durante casi todo el viaje, desde que lo encontré en Segesta, al pie del templo griego, inacabado desde el siglo V antes de nuestra era. He querido pensar en él como quien fue: uno de aquellos exploradores y estudiosos de los siglos de oro italianos, que buscaban en las ruinas otras vidas y viejos lenguajes que les ayudaran a hablar de cosas nuevas. Lo pensé hermoso a Agnello.  A imagen de alguno de los muchachos que conozco por la pintura italiana del siglo XVI. Y tiene que ser del siglo XVI en el que vivió y casi con toda probabilidad murió.  Mientras todo el mundo daba vueltas a las columnas, yo me senté junto a él y dejé que su silencio corriera las cortinas para mí.

 

Pasé el resto del viaje a solas con él, aunque en muchos momentos solamente se atreviera a seguirme en la distancia. En Selinunte lo vi descender por la colina hacia el mar, mientras yo hacía fotos a los templos. Me llamaba a gritos, con bellísimos apelativos a los que no estoy acostumbrada, y se empeñaba en invitarme a subir a una embarcación que, según él, andaba amarrada abajo en el puerto, al otro lado de la acrópolis. Pero yo no podía verla. Y no quise ir. Agnello mantuvo su enojo hasta Agrigento. Fue allí donde me dio a entender que él no saldría nunca de Sicilia, que si quería saber de él y ser por él amada debería permanecer yo también allí.  Me hizo madrugar en el Valle de los Templos para ver el sol sobre la cúspide del de la Concordia,. Ese día le dije que no me quedaría, pues es evidente que no toda pasión puede cumplirse. Ambos lloramos largamente, sentados al pie  del altar de los sacrificios del gran templo de Zeus, porque ni siquiera en Sicilia, donde todo tiempo anterior parece ser presente, es posible forzar la línea que separa las vidas y construye la historia.

 

Cuando tomé en Catania el avión de regreso lo hice a solas, todavía sin historia y sin autor. Pero con mi maleta. Y con Ruggiero desmontado.

 

 

 

 

 

La escena, frente al palacio real de Tebas con escalinata. Al fondo, la montaña. Cruza la escena Antígona, para entrar en palacio. Al cabo de unos instantes, vuelve a salir, llevando del brazo a su hermana Ismene, a la que baje bajar las escaleras y aparta de palacio.

ANTÍGONA.

Hermana de mi misma sangre, Ismene querida, tú que conoces las desgracias de la casa de Edipo, ¿sabes de alguna de ellas que Zeus no hay a cumplido después de nacer nosotras dos? No, no hay vergüenza ni infamia, no hay cosa insufrible ni nada que se aparte de la mala suerte, que no vea yo entre nuestras desgracias, tuyas y mías; y hoy, encima, ¿qué sabes de este edicto que dicen que el estratego1 acaba de imponer a todos los ciudadanos? ¿Te has enterado ya o no sabes los males inminentes que enemigos tramaron contra seres queridos?

ISMENE

No, Antígona, a mí no me ha llegado noticia alguna de seres queridos, ni dulce ni dolorosa, desde que nos vimos las dos privadas de nuestros dos hermanos, por doble, recíproco golpe, fallecidos en un solo día2. Después de partir el ejército argivo, esta misma noche, después no sé ya nada que pueda hacerme ni más feliz ni más desgraciada.

ANTÍGONA

No me cabía duda, y por esto te traje aquí, superado el umbral de palacio, para que me escucharas, tú sola.

ISMENE

¿Qué pasa? Se ve que lo que vas a decirme te ensombrece.

ANTÍGONA

Y, ¿cómo no, pues? ¿No ha juzgado Creonte digno de honores sepulcrales a uno de nuestros hermanos, y al otro tiene en cambio deshonrado? Es lo que dicen: a Etéocles le ha parecido justo tributarle las justas, acostumbradas honras, y le ha hecho enterrar de forma que en honor le reciban los muertos, bajo tierra. El pobre cadáver de Polinices, en cambio, dicen que un edicto dio a los ciudadanos prohibiendo que alguien le dé sepultura, que alguien le llore, incluso. Dejarle allí, sin duelo, insepulto, dulce tesoro a merced de las aves que busquen donde cebarse. Y esto es, dicen, lo que el buen Creonte tiene decretado, también para ti y para mí, sí, también para mí; y que viene hacia aquí, para anunciarlo con toda claridad a los que no lo saben, todavía, que no es asunto de poca monta ni puede así considerarse, sino que el que transgreda alguna de estas órdenes será reo de muerte, públicamente lapidado en la ciudad. Estos son los términos de la cuestión: ya no te queda sino mostrar si haces honor a tu linaje o si eres indigna de tus ilustres antepasados.

ISMENE

No seas atrevida: Si las cosas están así, ate yo o desate en ellas, ¿qué podría ganarse?

ANTÍGONA

¿Puedo contar con tu esfuerzo, con tu ayuda? Piénsalo.

ISMENE

¿Qué ardida empresa tramas? ¿Adónde va tu pensamiento?

ANTÍGONA

Quiero saber si vas a ayudar a mi mano a alzar al muerto.

ISMENE

Pero, ¿es que piensas darle sepultura, sabiendo que se ha públicamente prohibido?

ANTÍGONA

Es mi hermano —y también tuyo, aunque tú no quieras—; cuando me prendan, nadie podrá llamarme traidora.

ISMENE

¡Y contra lo ordenado por Creonte, ay, audacísima!

ANTÍGONA

El no tiene potestad para apartarme de los míos.

ISMENE

Ay, reflexiona, hermana, piensa: nuestro padre, cómo murió, aborrecido, deshonrado, después de cegarse él mismo sus dos ojos, enfrentado a faltas que él mismo tuvo que descubrir. Y después, su madre y esposa —que las dos palabras le cuadran—, pone fin a su vida en infame, entrelazada soga. En tercer lugar, nuestros dos hermanos, en un solo día, consuman, desgraciados, su destino, el uno por mano del otro asesinados. Y ahora, que solas nosotras dos quedamos, piensa que ignominioso fin tendremos si violamos lo prescrito y trasgredimos la voluntad o el poder de los que mandan. No, hay que aceptar los hechos: que somos_ dos mujeres, incapaces de luchar contra hombres; Y que tienen el poder, los que dan órdenes, y hay que obedecerlas—éstas y todavía otras más dolorosas. Yo, con todo, pido, si, a los que yacen bajo tierra su perdón, pues que obro forzada, pero pienso obedecer a las autoridades: esforzarse en no obrar corno todos carece de sentido, totalmente.

ANTÍGONA

Aunque ahora quisieras ayudarme, ya no lo pediría: tu ayuda no sería de mi agrado; en fin, reflexiona sobre tus convicciones: yo voy a enterrarle, y, en habiendo yo así obrado bien, que venga la muerte: amiga yaceré con él, con un amigo, convicta de un delito piadoso; por mas tiempo debe mi conducta agradar a los de abajo que a los de aquí, pues mi descanso entre ellos ha de durar siempre. En cuanto a ti, si es lo que crees, deshonra lo que los dioses honran.

ISMENE

En cuanto a mi, yo no quiero hacer nada deshonroso, pero de natural me faltan fuerzas para desafiar a los ciudadanos.

ANTÍGONA

Bien, tú te escudas en este pretexto, pero yo me voy a cubrir de tierra a mi hermano amadísimo hasta darle sepultura.

ISMENE

¡Ay, desgraciada, cómo terno por ti!

ANTÍGONA

No, por mi no tiembles: tu destino, prueba a enderezarlo.

ISMENE

Al menos, el proyecto que tienes, no se lo confíes. a nadie de antemano; guárdalo en secreto que yo te ayudare en esto.

ANTÍGONA

¡Ay, no, no: grítalo! Mucho más te aborreceré si callas, si no lo pregonas a todo el mundo.

ISMENE

Caliente corazón tienes, hasta en cosas que hielan.

ANTÍGONA

Sabe, sin embargo, que así agrado a los que más debo complacer.

ISMENE

Si, si algo lograrás… Pero no tiene salida, tu deseo.

ANTÍGONA

Puede, pero no cejaré en mi empeño, mientras tenga fuerzas.

ISMENE

De entrada, ya, no hay que ir a la caza de imposibles.

ANTÍGONA

Si continúas hablando en ese tono, tendrás mi odio y el odio también del muerto, con

justicia. Venga, déjanos a mi y a mi funesta resolución, que corramos este riesgo, convenida como estoy de que ninguno puede ser tan grave como morir de modo innoble.

ISMENE

Ve, pues, si es lo que crees; quiero decirte que, con ir demuestras que estás sin juicio, pero también que amiga eres, sin reproche, para tus amigos.

 

Sale Ismene hacia el palacio; desaparece Antígona en dirección a la montaña. Hasta la entrada del coro, queda la escena vacía unos instantes.

 

—>: Texto completo de la Antígona de Sófocles en Ciudad Seva

Roma: città aperta (texto en Youtube—-> “La memorabile scena in cui viene uccisa Anna Magnani in Via Montecuccoli soccorsa da Aldo Fabrizi. La vicenda ha radici storiche in quanto ispirata alla morte di Teresa Gullace uccisa dai nazisti con un colpo di pistola mentre cercava di parlare con il marito prigioniero dei tedeschi (1945)”)

 

 

 

 

nació en Tetuán en el año 1974. Licenciada en Literatura Árabe, fue miembro de la Unión de Escritores de escritores de Marruecos. Comenzó a publicar poemas y narraciones en el año 1992 en periódicos árabes y marroquíes. Tiene publicado el poemario El mar en el principio de la bajamar (Unión de Escritores de Marruecos, 2001).

 

 

 

EXPERIENCIAS

 

Quizá tantas hojas de mi vida se quemaron,

pero soy como todos los marineros

y todos los argonautas.

¡Oh, vida! Sobre ti me asomo

desde mi ventana de papel.

 

 

 

 

ENTRETENIMIENTO

 

Pinto todo lo que no poseo:

un hogar sobre la cresta de una ola,

un jardín,

un balcón,

un enamorado debajo del balcón.

Pinto una familia

………………………………….

 

Se colma el cuadro antes de añadir a mi sueño

una vida.

 

 

 

REALIDAD

 

Hoy me despierto

con ansias de volar.

Observo mi equipaje;

no llevo

lo suficiente de libertad.

 

 

 

 

DISCULPAS

 

Como un príncipe, se le presentó la primavera.

Se inclinó con nobleza.

“¿Me concede un baile, señora?”

Con amargura me disculpé.

Las rodillas de mi alegría están exhaustas

y mi cuerpo está en mi maleta,

sus flores están marchitas.

 

 

 

 

PRISIONERA

 

Detrás de una ventana ciega

hay una muda pared,

y detrás de la puerta

hay un saco de basura y un centinela.

¡Oh, mujer!

Envuelve tus sueños como una joya falsa

en un trozo de algodón,

y borda tu sudario.

 

 

 

 

Antología de la poesía femenina marroquí. Antonio Reyes Ruiz (antología); Abdellatif Cenan (traducción). Ediciones Alfar.

 

 

Alanar, por María del Mar Bonet, Paco Cepero y Lautaro Rosas

De forma permanente es posible descargar el libro "La arquitectura de tus huesos" completo en formato pdf. Al mismo tiempo, cada semana aparecerá un capítulo del libro en forma de post y en versión pdf. Lo acompañarán algunos otros posts que contextualizan esos capítulos, ampliando los significados y la semántica.