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No la vio porque subió al tren a la una de la madrugada y a esas horas nuestros ojos sólo ven aquello que enseña la luz eléctrica, que es una luz sin sombras. Se arrellanó en la butaca de segunda clase, y dejó que el sueño fuese entrando en su cabeza, respirándolo dentro del vagón en penumbra. Siguió sin ver nada. No miró. No quería pensar. Iniciaba un viaje incierto, cuya primera parte concluiría en la frontera. Hasta allí aún habría posibilidad de vuelta, quizás. A la frontera estaba previsto que llegarán justo al amanecer. Unas pocas horas, por tanto. Se durmió, cansado y confiado a la fuerza. Tanta gente en el tren le hacía sentirse uno más de los en tránsito. La noche transcurrió y despertó justo unos minutos antes de pasar la línea fronteriza, cuando paró el tren. Miró por la ventanilla, los ojos pegajosos, y en ese momento sí que la vio. Vio a su sombra, que había venido con él, descendiendo del tren y emprendiendo el camino de regreso a casa.

 

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He llegado a buena marcha hasta el final de la calle. Y eso que el final de la calle quedaba para mí en lo más lejano.  Cerca de la orilla del parque, junto al puente que sobrevuela la autopista, un hombre vestido de pantalón marrón y  camiseta verde ha estado mirando largo rato cómo temblaban las sábanas blancas tendidas bajo unas ventanas. Lo he visto mientras seguía hacia el puente que sobrevuela la autopista. Blanco de las sábanas sobre el gris y el rosa urbanos de un edificio al que este hombre que lo mira ha individualizado. Yo no hubiera visto las sábanas, por muy blancas que fueran, si el hombre de marrón y verde y deportivas azules no las hubiera estado mirando. Si han sido suyas las sábanas alguna vez en su cama, no lo sabré jamás. Ahora parecía un hombre huérfano de sábanas. He traspasado el puente que vuela sobre la autopista y he cruzado a la acera de enfrente. Regreso sobre mis pasos, pero el hombre sin sábanas ya no estaba mirándolas. Bajo el puente, otra sábana de plata se aquietaba en la tarde sobre un perfil humano y el asfalto. Mientras las ambulancias y la policía a toda velocidad cerraban el paréntesis, me he detenido a colocarme la zapatilla que se había salido en un traspié y, por eso, casi no te oía cuando me has llamado para recordarme que había que comprar pan.

 

 

 

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