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Junto a la parada del 33 yace un zapato gris: pez que agoniza en la orilla, -triste abandono.
Esta noche ¿qué ha pasado? ¿dónde estará la huella y quién la habrá perdido?
En la pecera flotan mil ojos que nunca se cierran: la línea 33 es un largo camino en círculo infinito que pasa por el centro de la panza del sueño.
¿Dónde estará la huella? ¿Y quién la habrá perdido?
Observo: bajo las mesas de las oficinas hacen gusanos mil pies descalzos.
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Salí a las calles,
en la avenida el mar inundaba los arcenes.
Nadie se inmutaba
aunque el agua mojaba los zapatos
y el azul contrastaba con el gris de las aceras.
Roja lluvia de amapolas
caía por los muros desnudos de las casas
y un cielo violeta enarbolaba la mañana.
Bosques abiertos entre los rincones de árboles
dejaban escapar ginetas de larga cola y ojos verdes
que trepaban por los semáforos
y se lanzaban sobre los transeúntes
como estolas impensables….
nada que no puedan ver mis ojos crece en el desierto
aunque sea diciembre y haga frío.
—– es un poema de Fernando Sarría para “La arquitectura de tus huesos”.
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Todavía es verano, pero a las ocho y media ya se ha hecho de noche
y ha aparcado en mi puerta el primer día de la fatal tristeza.
Vengo atravesando una ciudad que ahora se abre en planos, en perfiles,
trepando por las sombras y las luces de los edificios, como un cuadro
del quisquilloso Braque o de María Blanchard, la jorobada.
El pasado y los presentimientos se tornan poliédricos.
Cada hombre o mujer camina a punto de volverse loco.
¿Cómo saber qué hacen para sobrevivir,
para tirar sin pausa hacia adelante? ¿Cómo respiran?
¿Quién habita en su cerebro y en sus miradas como panes?
Insisto en leer un libro de poemas, de Anne Sexton,
mientras el veintitrés culebrea como una luciérnaga
sobre el río. Millones de voces chillan dentro del gusano de seda,
dentro de la tómbola. No llegaré jamás a comprenderlas.
Sólo si todo lo reduzco a dos palabras, vida y muerte, entiendo tanta prisa.
Todavía es verano, pero a las diez y media
no hay ni una sola voz en las terrazas apresuradamente abandonadas
de las plazas.
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Esta flor se ha abierto y la tierra entera tiembla. Es natural.
Y lo es
que el río como una mano generosa en exceso anegue de improviso
los campos rotundos, las calles y los sótanos donde el hombre
construye su vida pieza a pieza y las engrasa.
El río fue la gota en algún sitio y fue luego tormenta en la pendiente
que asoló el tiempo.
Es natural que a veces hasta el cielo levante el mar su furia
y se derrumben las constelaciones contra mi dedo índice.
No me quedarán ojos y será natural.
No habrá tiempo y no será, y no habrá que objetar sino el dolor que demora
con su regusto a polvo en la garganta.
Pero si este hombre ceñudo de diamante y pies apocalípticos
con facilidad de insulto a su paso va aplastando la calle y los suburbios,
y la casa y el televisor donde viven los hombres, de prestado
y a ratos, que sólo tienen manos y casi ya ni boca,
y casi ya ni techo
bajo el que agonizar cuando se cumpla el tiempo
de entornar la mirada, -si es que tiempo les dejan acaso de morirse,-
eso no es natural.
Me niego en este punto a utilizar sarcasmos, fugaces ironías
o sesudas cuestiones sobre la arquitectura del sutil equilibrio
del orden de las cosas. Esto no es natural.
Pues si natural fuera alguna vez acaso se tornaran los términos
para que sucumbiera el dinosaurio
bajo el lodo universal de la perversa historia
y se cumpliera así el equilibrio.
Esta flor se ha abierto. Y la tierra entera tiembla. Miles de hombres
mueren bajo una sola mano y no hay aire que recoja
sus últimos suspiros ni su estremecimiento.
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Del mar me gusta la azotea.
Soleada y al viento, reclamo su horizonte
como mío: en días transparentes
descubro la otra orilla, de donde viene el sol
entre sábanas portado, juguetón como un dios que me busca:
el sol, mano que pinta sobre el mar marineros
y pájaros-gaviota hasta llegar a puerto. Habrá mercado
luego, me prometo.
Siempre demoro el tiempo de tender
la colada, mientras traigo a mis labios canciones
y argumentos por bocas de mujeres
que nunca conocí. Anclada
estoy al ancho caudal de costa a costa.
Dejo que el viento
entienda mis razones, que pruebe
su poder contra mi cuerpo. No opongo nada.
Hay un mar de rumores,
claros como las nubes de días transparentes
en el Mediterráneo,
que habita la azotea
y la música
y todas las palabras que conozco.
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Margarita fumó su cigarrillo, miró a su alrededor- puso su blusa en orden y caminó tan hermosa que él tuvo que esperarla para siempre.
Dura la caricia lo que el tramo breve de la sombra al mediodía. Margarita lo sabe: en la estrecha calleja medieval no alcanza el aire sobre los puentes trepa la humedad y florecen los antiguos palacios desollados. Donde cesa la lluvia comienza el horizonte, termina la ciudad -(de nuevo la ciudad), lamida por mil lenguas que el mar devora.
Margarita sonríe. Demasiada belleza para el hombre que deja su maleta en consigna, mira a su alrededor y entretiene sus manos en un juego sin fin de cigarrillos. Margarita lo sabe.
Es una vieja, muy vieja película. La belleza de ahora fue en otra historia de otra forma contada tan sólo ostentación que el tiempo melancólico y estúpido desgasta y enaltece. Vestida como un escaparate Margarita sonríe. Margarita lo sabe.
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