Salí a las calles,
en la avenida el mar inundaba los arcenes.
Nadie se inmutaba
aunque el agua mojaba los zapatos
y el azul contrastaba con el gris de las aceras.
Roja lluvia de amapolas
caía por los muros desnudos de las casas
y un cielo violeta enarbolaba la mañana.
Bosques abiertos entre los rincones de árboles
dejaban escapar ginetas de larga cola y ojos verdes
que trepaban por los semáforos
y se lanzaban sobre los transeúntes
como estolas impensables….
nada que no puedan ver mis ojos crece en el desierto
aunque sea diciembre y haga frío.
—– es un poema de Fernando Sarría para “La arquitectura de tus huesos”.
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