El 7 de mayo de 1949 el Comité Político de la ONU dejaba en libertad a sus miembros para que decidiesen su relación con el régimen de Franco. La Asamblea General aprobaba la proposición el 4 de noviembre de 1950. En el Pardo renacía el optimismo, pese a que la crisis económica alcanzaba cotas que rayaban en la bancarrota nacional. El primer paso hacia el reconocimiento de la dictadura desató una campaña triunfalista desmedida, en la que se destacaba a Franco como el eterno vencedor anticipado del comunismo, especie de profeta de Occidente frente a las “asechanzas de Moscú”.

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En enero de 1950 el secretario de Estado Dean Acheson, que en la primavera anterior había declarado que el “retorno de un embajador cerca de Franco significaría que los derechos del hombre eran letra muerta para el Gobierno de los Estados Unidos (11-V-1949), ponía de relieve el verdadero alcance que para los Estados Unidos iban a tener los derechos humanos en las “tierras de promisión”, y se mostraba ya partidario de la normalización diplomática con España. Un año después, el 1 de marzo de 1951, llegaba a Madrid el embajador de la Casa Blanca, Staton Griphit. En julio se produjo una visita clavepra el futuro de las relaciones entre ambas naciones: el almirante Forrest P. Serman, al mando de la VI Flota llegaba a El Ferrol. En el Pazo de Meirás fue recibido por Franco, con quien inició las conversaciones que derivarían en el establecimiento de tropas extranjeras en España.

 

 

 

(Daniel Sueiro y Bernardo Díaz Nosty. Historia del franquismo. Sarpe. 2 vols. pp.96-98, vol. 2)

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