Yo voy a reventar. ¿Oyes? Pero si creen que después nadie va a acordarse de nosotros, se van a llevar buena sorpresa. Te juro que sí. ¿Has venido de Annual? Desde más allá de las montañas todo está sembrado de hombres con las cabezas rotas, con las tripas al aire. Cada uno tiene su familia, sus amigos, y esa sangre traerá más sangre;  acuérdate que te lo dice un veterano. Si vas hacia allá, de aquí a Dríus pués contar los muertos por docenas, y de Dríus abajo, por centenares. Tú y yo seremos pronto dos más, no te hagas ilusiones; pero no se va a acabar esto aquí, ni en Tistutín ni en Melilla. Eso querrían quienes yo sé. ¡Ah, la hostia, cómo se equivocan! Tengo veintitrés años. ¿Está bien morir como un perro a los veintitrés años, abandonado de toda esa gentuza? Mi teniente coronel, pa salvar la buena fama de los oficiales que se arrancan las insignias y salen corriendo, está con el escuadrón por ahí día y noche, cazando a los moros a sablazos, chorreando sangre. Los caballos están rabiosos, muerden y cocean, pero las sombras también muerden y te cogen bocaos en el cuello, en la tripa. Todos sangran en las rodillas, porque la silla del caballo muerde también, y caen del cielo pájaros que te pasan la cabeza de lao a lao con el pico. Te jodes, Ceriñola. Si no hay agua es porque los camiones se han quedado en el camino. La gasolina es mala, y con todo se la beben en intendencia. Pégale fuego y verás. Allá hay tres cabrones soltando cohetes y divirtiéndose; pero no vayas, porque el alcalde te pondrá multa. ¿Qué haces ahí? ¡Tira hacia la derecha, que ahora llega la vieja con unas tenazas calientes!

 

Un silencio con respiración fatigosa, de sopor. La noche, cerrada, suda bajo la sucia estopa del cielo y huele a mugre. Viance se inmoviliza bajo las voces. Las sombras muerden, es verdad. Ve al otro andar a cuatro patas, gruñendo y cayendo de lado para alzarse después y seguir sin rumbo, como un triste animalejo. Tropieza con unos cuerpos y vuelve a gritar, pero apenas se le entiende. Más allá se agitan las sombras, y Viance retrocede de espaldas, y luego, ya a todo correr, huye hacia Dríus. Se siente contagiado de la fiebre del agonizante, pero una fiebre activa y dinámica que le produce casi el vigor de una borrachera. Pisa algo blanco y rígido y sacude el pie en el aire sin dejar de correr. Detrás oye un alarido y unos golpes secos de hacha cortando algo blando y duro: las piernas del herido para llevarse las polainas y las botas a lugar seguro. Lo vio hacer ya otra vez con un oficial muerto, al bajar de Annual.

 

(Ramón J.Sender: Imán. Destino. pp. 165-167)

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