“Un trimotor aparece muy bajo, casi rozando los tejados, hacía las tres de la mañana del lunes 3 de agosto, llevando , según testimonios, las luces encendidas y ondeando una bandera bicolor, por lo que los antiaéreos permanecen mudos, perpetrándose así en la impunidad el más horroroso atentado al descargar tres bombas contra el Pilar, dos sobre el propio templo, que allí están de muestra todavía, y otra frente a la puerta principal, formándose una cruz con los adoquines arrancados, para mayor pábulo de aquellos que pronto comenzarán a llamar Cruzada a lo que en principio no fue más que una rebelión militar con complicidades civiles. Y se habla de milagro porque ninguna de las tres estalló, pero la prudente Iglesia se reserva y ahora hace ya muchos años que nada dice…

 

        Ya el mismo día por la tarde se organiza una manifestación de desagravio a la Virgen de tal magnitud, que en ella no debía faltar nadie, pudiendo verse hasta algunos de la CNT (los que se atrevieron y quedaban) pues la Virgen del Pilar, como la de cada pueblo, es la “misa del ateo”, en frase de Mariano de Cavia que lo era. Y desde luego nadie hubiera podido concebir un arbitrio más eficaz de ayuda a la nueva situación que tal salvajada, por lo que no resulta extraño que por lo medios reducidos al silencio de los de “la cáscara amarga” se corriese el rumor de que el autor había sido de casa, empleando bombas sin espoleta y no apagándose las luces de la ciudad para que viera bien el blanco, no interviniendo tampoco la artillería antiaérea. Desde luego no era ese el sentimiento de la ciudad ni del resto de la zona nacional, sucediéndose las manifestaciones de repulsa de todo el país, de palabra, por escrito y de obra, o sea viniendo de visita.

 

        Digamos antes de pasar más adelante que nadie puede entender lo que está ocurriendo, y va a seguir, sin haber vivido aquel tiempo y respirando ese ambiente especial que había en el aire de la llamada España Nacional, por lo que todos los estudios de sesudos catedráticos y estudiosos no sirven sino para la mera estadística, al no tener en cuenta esa especie de mística de la España Nueva que contagió a mucha gente de buena voluntad (no a todos, es verdad, otros rechinaban los dientes), que por ella se prestó a morir. Reinando, sobre todo en el centro de la ciudad, un ambiente de exaltado fervor patriótico: las charangas militares en las calles con sus músicas briosas, los desfiles de las tropas vitoreadas sin descanso, llevándose a los soldados a comer a casa, las aclamaciones a los camiones que pasaban con falangistas , las misas de campañas y las colgaduras en los balcones, haciendo tocar himnos patrióticos a las orquestas de los cafés con la gente puesta en pie dando vivas y adoptando la marcha Los Voluntarios, como himno nacional, todavía sin Marcha Real.

 

        Aunque desgraciadamente esas místicas, sin las que nada puede comprenderse, requieran víctimas…”

       

 

(Julián Ruíz Marín. Crónica de Zaragoza, año por año. Tomo 2, 1921-1939. pp. 334-335)

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