“Ya ese 18 a primeras horas corrían rumores de que algunos militares se habían sublevado el día anterior contra el gobierno, creyéndose en la calle que aquello sería un asunto localizado, algo así como lo de Jaca, presentando la ciudad a las dos de la tarde de ese sábado un aspecto como de huelga general, vacías las calles y en efervescencia los centros obreros, con un solo objeto y pensamiento: ¡Armas!

 

        En los cuarteles, sobre todo en Castillejos, con las tropas acuarteladas, se van presentado a lo largo del día numerosos jóvenes de derechas, sobre todo los más activos y belicosos, como los de Falange, mientras los elementos de orden y de alguna edad firman su adhesión en Capitanía. Pero adhesión a qué, cuando casi nada se sabe, pasándose el día en cabildeos y consultas con el viejo zorro de Cabanellas no sabiendo a qué carta quedarse, pues aun reconocido repúblicano y masón, traicionando sus convicciones de toda la vida, se había comprometido con Mola para sublevarse.

 

        De todas maneras, a pesar de ese republicanismo el gobierno desconfiaba y había mandado ese mismo día 18 a entrevistarse con él, para confirmar su fidelidad o destituirlo y hacerse cargo él mismo de la jefatura de la V división, al general Núñez de Prado, director general de Aeronáutica, que llegó en avión al aeródromo de Palomar, marchando primeramente para tantear el terreno a ver al gobernador civil, encontrándolo confuso y sin saber a qué atenerse respecto a Cabanellas. Mas cuando accedió a pasar en frente, a la antigua Capitanía General, para entrevistarse con el general, quizá confiado en su hermandad masónica, la encerrona se consumó, pues allí Cabanellas se encontraba apremiado por Monasterio, coronel del Regimiento de caballería de Castillejos, y su segundo Urrutia (luego jefe militar de Falange), para que declarase el Estado de Guerra, incluso con órdenes de sustituirlo si dudaba. Al momento Núñez de Prado será prendido y trasladado a Pamplona, donde sería fusilado más tarde por Mola, inflexible en su actitud terrorista de amendrentar con la violencia a cualquier resistencia posible.

 

        Mientras tanto el gobernador Vera Coronel, sincero republicano, dudaba ante la insistente petición de armas de las organizaciones obreras, sobre todo de la C.N.T., la más numerosa, por medio de sus directivos Ejarque y Abós. Pero el gobierno se mostraba renuente a dar el permiso, ya que era añadir un conflicto a otro, pues si se las daba la revolución saltaba a la calle y si no el triunfo se les ponía en bandeja a los militares.

 

        Al fin, cuando dimita el presidente del gobierno Casares Quiroga, que ha bloqueado ese reparto, y el gobernador decida la distribución de pistolas y fusiles entre los obreros, ya será tarde, pues cuando de madrugada el diputado socialista Eduardo Castillo se dirija con una camioneta a recoger las armas que debe entregarles el comisario de vigilancia, Eduardo Roldán, que ha recibido el permiso de la Dirección General de Seguridad, éste consultará con Cabanellas, que se lo niega rotundamente, declarándose ya en franca rebeldía contra el gobierno, de tal manera que a las 5 de la mañana del domingo 19 un piquete del Regimiento número 22, que manda el coronel Gistau, declara por plazas y calles el Estado de Guerra y la rebelión está consumada. Esa madrugada misma se levantarán barricadas en la calle de San Pablo, pero serán inútiles obligándose a desmontarlas los mismos que las habían levantado y estaban en los bares y las tabernas próximos.

 

        Ya antes de esa declaración, nada más quedarse solo el gobernador, hacia las 3 de la mañana, se presentarán en su despacho el comandante de la guardia civil, Julián Lasierra Luis, y dos capitanes, procediendo a destituirlo y tomando aquel su puesto, deteniéndolo con su secretario particular, José María Alarcón, e ingresando en la prisión provincial.

 

        La rebelión militar y civil en Zaragoza está consumada y no resulta una sorpresa porque el mefítico ambiente venía de muy atrás. Y cuando no se puede pasar por una calle o entrar en un determinado establecimiento por llevar corbata y sombrero, o por no llevarlos se es mirado sospechosamente, la convivencia se hace imposible y la catástrofe resulta irremediable. A veces ahora, por los que no vivieron aquella época se habla de soluciones políticas, trasvasando aquel tiempo al momento actual por fortuna completamente diferente, pero qué importarán los arreglos de despacho cuando en la calle no se puede vivir. Nada bueno puede esperarse de un ambiente en el que cuando la gente, de izquierda o derecha, se enteró de levantamiento militar pensara o dijese. “Ya era hora”, como descansando al estallar por fin, para bien o para mal, aquel grano maligno. Pero ni los más pesimistas en sus más alucinantes pesadillas podrían sospechar que aquello fuese a derivar en algo tan terrible. “

 

(Julián Ruíz Marín. Crónica de Zaragoza, año por año. Tomo 2, 1921-1939. pp. 329-331)

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