Extraídos los párrafos del libro “Cultura y melancolía”, de Roger Bartra  (Anagrama):

 

 

 

“… cuando dirigimos hoy nuestra mirada a la cultura española, no es fácil hallar signos de la antigua melancolía. Tal parece que el arquetipo se ha esfumado: ¿dónde quedaron los oscuros caminos de los místicos y los signos cabalísticos de los médicos judíos? ¿Dónde se ocultan los demonios tristes que acechaban del otro lado de las fronteras? ¿Dónde está el recuerdo de reyes melancólicos y de cortesanos quiméricos? ¿Dónde se hallan los herederos de los monjes torturados por la acedia y de los sabios arabizantes que curaban la licantropía con las receta de Avicena? Yo me pregunto, ¿en qué lugar de esta España moderna se encuentra enterrada la España melancólica? Como soy antropólogo y me dedico a investigar la historia de los mitos, propongo aquí una expedición  arqueológica a las ruinas de la melancolía española, con la esperanza de encontrar allí, enterradas, algunas claves del malestar que hoy sentimos. Como se trata aparentemente de una enfermedad, he escogido algunos aspectos de la tradición médica –que eran parte fundamental del pensamiento renacentista- para asomarme a la constitución de las texturas culturales de la España del Siglo de Oro. Ese siglo sigue siendo, para muchos, una especie de Ilustración avant la lettre y el sol negro de la melancolía es como una estrella que ilumina el camino hacia una desdichada modernidad. Todo ello, me temo, para descubrir que ese sol es en realidad el hoyo negro que ha dejado la implosión de un cuerpo extraño.

 

        Ese intrigante “misterio español” nos lleva a formular más preguntas. ¿Cómo puede un país vivir sin odiar a los extraños y a los otros? ¿Cómo puede una sociedad existir sin que la desborden el tedio y la desidia? ¿Cómo pueden las élites políticas y culturales evitar el aburrimiento de vivir en un espacio cortesano de poder tecnocrático que podría prescindir de ellas? ¿Cómo puede la cultura crecer sin ensoñaciones místicas, basada en la sola expansión de la informática y las redes mediáticas? En suma, ¿cómo puede España ser posmoderna?  (Cultura y melancolía, pp. 14-15)

 

 

 

        “… las discordancias e incoherencias que hemos observado, por ejemplo, entre el humor negro, la adustión de flema o el pneuma animal y sus supuestos referentes somáticos, no son parte de una patología propia de la formación de mitos, ni de una irracionalidad en la estructura del canon de la melancolía. Por el contrario son parte de un complejo proceso de cristalizaciones culturales que usan como palanca de apoyo los problemas de comunicación de una humanidad dislocada, altamente diferenciada y disgregada. No me extenderé aquí sobre ese problema, que rebasa los límites de este ensayo, y que ha dado lugar a una interpretación de los mitos que tiene sus orígenes en Bernard Fontenelle y que desemboca en Müller. La falta de correspondencia entre las palabras y las cosas sería propia de una era mitopoética, afectada por una enfermedad del lenguaje que podría ser corregida mediante la aplicación de la filología comparada. Por supuesto, la contraposición entre la oscuridad irracional del mito y la luz de la ciencia no es una idea que pueda ayudarnos a entender la sobrevivencia de estructuras mitológicas. Hoy sabemos que los mitos que perviven en el seno mismo de la ciencia pueden ser poderosos estímulos de las formas irracionales de investigación. Bajo ciertas condiciones, también pueden convertirse en obstáculos en el desarrollo de las ciencias. El mito de la melancolía, alojado en el corazón mismo de la ciencia médica, ha cumplido diversas funciones, tanto de estímulo como de freno al estudio de la fisiología cerebral y de las enfermedades mentales. El equilibrio entre misterio y verdad –entre mito y ciencia- ha variado a lo largo de los siglos. Lo que vuelve fascinante el caso de la melancolía es su doble condición: además de contener la estructura simbólica de un mito, se refiere también a las consecuencias trágicas de la soledad, la incomunicación y la angustia, ocasionadas por la siempre renovada diversificación de las experiencias humanas. La melancolía se convierte en una red mediadora que comunica entre sí a seres que sufren o intentan comprender la soledad y el aíslamiento, la incompresión y la dislocación, la transición y la separación. Así, podemos suponer que quienes participan del canon de la melancolía se entiende y se desentienden, se comunican en la soledad y codifican el misterio de la separación.” (Cultura y melancolía, pp. 228-230) 

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