Todavía es verano, pero a las ocho y media ya se ha hecho de noche

y ha aparcado en mi puerta el primer día de la fatal tristeza.

Vengo atravesando una ciudad que ahora se abre en planos, en perfiles,

trepando por las sombras y las luces de los edificios, como un cuadro

del quisquilloso Braque o de María Blanchard, la jorobada.

El pasado y los presentimientos se tornan poliédricos.

Cada hombre o mujer camina a punto de volverse loco.

¿Cómo saber qué hacen para sobrevivir,

para tirar sin pausa hacia adelante? ¿Cómo respiran?

¿Quién habita en su cerebro y en sus miradas como panes?

Insisto en leer un libro de poemas, de Anne Sexton,

mientras el veintitrés culebrea como una luciérnaga

sobre el río. Millones de voces chillan dentro del gusano de seda,

dentro de la tómbola. No llegaré jamás a comprenderlas.

Sólo si todo lo reduzco a dos palabras, vida y muerte, entiendo tanta prisa.

Todavía es verano, pero a las diez y media

no hay ni una sola voz en las terrazas apresuradamente abandonadas

de las plazas.

 

 

 

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