No la vio porque subió al tren a la una de la madrugada y a esas horas nuestros ojos sólo ven aquello que enseña la luz eléctrica, que es una luz sin sombras. Se arrellanó en la butaca de segunda clase, y dejó que el sueño fuese entrando en su cabeza, respirándolo dentro del vagón en penumbra. Siguió sin ver nada. No miró. No quería pensar. Iniciaba un viaje incierto, cuya primera parte concluiría en la frontera. Hasta allí aún habría posibilidad de vuelta, quizás. A la frontera estaba previsto que llegarán justo al amanecer. Unas pocas horas, por tanto. Se durmió, cansado y confiado a la fuerza. Tanta gente en el tren le hacía sentirse uno más de los en tránsito. La noche transcurrió y despertó justo unos minutos antes de pasar la línea fronteriza, cuando paró el tren. Miró por la ventanilla, los ojos pegajosos, y en ese momento sí que la vio. Vio a su sombra, que había venido con él, descendiendo del tren y emprendiendo el camino de regreso a casa.

 

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