Conocí a un tipo que daba clases de Zoología. Este tipo, que era un sustituto, se quitaba los zapatos nada más sentarse tras la mesa del profesor. Y se dedicaba toda la clase a hacer movimientos reptantes con los dedos de los pies. Resultaba ridículo responder a las preguntas de un tipo así, absurdo escuchar sus explicaciones. Supongo que se aburría dando clase. Como se aburren igualmente la mayoría de los millones de oficinistas del mundo y de los pasajeros de los transportes públicos. Oficinistas y pasajeros de cualquier especie. No hay oficio o condición de estirpes más kafkianas. Tipos atrapados, con trabajos y destinos de finales diferidos, juntos a las ocho de la mañana en peceras que los llevarán por indescifrados laberintos hasta  otras peceras con aire acondicionado. Siempre con los ojos abiertos, como los muertos que no saben que se han muerto.

 De todas formas verles hacer gusanos por debajo de la mesa para entretenerse o asegurar la consciencia de sí mismos  es un final de texto light, conciliador, escasamente mordaz. Pero los finales conciliadores no existen en cualquier caso para desdecirse de nada. Existen para hacerle frente al cinismo. Y si parecen débiles, es para evitar la ironía paralizante. Pararse es lo peor.

El texto “Los peces nos sueñan” comienza en tono policiaco -un zapato, una huella, un interrogante-, desciende a lo onírico a través de los ojos que flotan y pierde, antes de llegar a ese final tan criticable, todo el glamour dentro del autobús y debajo de las mesas. Como le sucede a cada uno de los días de la semana y todos los zapatos vulgares del mundo.

 Ese texto de zapatos y peces y ojos en autobuses, la verdad, no recuerdo cuándo se escribió.

 Y ahora constato que ni ello ni el texto tienen demasiada importancia. Debio de ser tan sólo una manera de pelear contra la inactividad. Como hacer gusanos debajo de la mesa de mi escritorio.

Anuncios