” Llegó puntual el tren a Sevilla y fui de los primeros en descender. Delante de mí en el andén, a unos cincuenta metros de distancia, vi que marchaba, con paso algo zigzagueante, el tipo del traje a rayas, estilo Chicago. El hombre, con su libro de Roth en el bolsillo (era curioso y extraño el magnetismo que el color rojo de la portada de aquel libro ejercía sobre mí), comenzó a subir por las escalerillas mecánicas, por las que unos segundos después también comencé a subir yo. Hacia el final del ascenso, divisé a lo lejos al taxista que em esperaba para llevarme al Zneti, el hotel que me había asignado la organización. El taxista exhibía un papel en el que había anotado mi nombre con una falta de ortografía no demasiado grave. De pronto, vi atónito cómo el tipo del traje a rayas, tras un breve titubeo, se detenía ante el taxista y hablaba con él, se daba a conocer (debió de decirle que era yo) y se marchaban los dos, en animada conversación, hacia la puerta de salida.

Me di cuenta enseguida de que no  tendría nunca una mejor oportunidad de deseparecer y que, si yo quería, aquél era el primer momento importante de mi vida.

Sólo debía seguir andando y no preocuparme del taxi ni de la persona que había usurpado mi triste identidad. Y así hice. Dejé que esa persona -aquel hombre con un traje a rayas y un libro de Roth en el bolsillo- se marchara en mi coche. Salí a la calle, fui más allá de la parada de taxis y de la estación y me dediqué a andar con pasos nerviosos, como si me encontrara al comienzo de una fuga sin fin.”

(Doctor Pasavento, Enrique Vila-Matas, Editorial Anagrama)

 

 

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