Teatro Massimo

 

Durante todos los días que ha durado mi viaje por Sicilia, tras su comienzo en la ciudad de Palermo, no he dejado de pensar en la historia de Santo Orlando, que contó prolijamente la voluntariosa y simpática Claudia, una guía turística que se empeñaba en convertir en un videojuego una visita de trámite a las Catacumbas del Monasterio de los Franciscanos Capuchinos. No me pareció entonces muy adecuado ese estilo tan poco cuidadoso para referirse a los miles de muertos que nos rodeaban en aquel laberinto subterráneo, pero luego le agradecí su afán teatralizador, pues me proporcionó un cierto nivel de hiperrealidad que le ha sido muy útil a mi sensibilidad. Entre todos esos cadáveres momificados se encuentran el del conde Santo Orlando y su desventurada historia de amor. A Sicilia volveré sin duda en más ocasiones, pero no creo que pueda regresar a las Catacumbas de los Capuchinos. Ese lugar te aplasta con su ironía brutal, antropofágica, algo que cada vez me interesa menos.

 

No tengo más intención, al contar este episodio, que la de exponer mi zozobra emocional, la cual explotó a las pocas horas de aquella visita a las Catacumbas y que ya no me ha abandonado. La historia de Santo Orlando no es misteriosa, ni terrorífica. Es una sencilla historia de amor, dramática en un tono tan kirst que la hace candidata a guión de telenovela, y que en cualquier caso es resultado de la magnificación urdida en el imaginario de la sociedad de Palermo de los primeros años del pasado siglo veinte. Mitificación propiciada por las circunstancias en que se produjo la propia muerte de Santo. La muerte, con su vacío anterior a la existencia, transforma una vida en su hipérbole, por muy escasamente singular que haya sido aquella y aunque al mismo tiempo la iguale a las demás. Ni siquiera en estas Catacumbas, a medio camino entre la vida y la nada, como un eterno purgatorio terrestre que se niega a caer del otro lado, huele a otra cosa que no sea a muerte, la única vencedora absoluta desde que así lo diagnosticaron aquellos locos (locos de atar) románticos, para los que ningún purgatorio era viable. Sin purgatorio,  sólo es posible vivir a base de melancolía.

 

A Santo Orlando me parece que le resultaba insoportable la melancolía y por eso viajaba una vez al año a Londres a comprar toda clase de ropa para él y para Chiara, a ver los espectáculos de moda y, en los últimos años, a acostarse con dos o tres amantes, damas jóvenes pertenecientes a muy buenas familias londinenses, todas muy bien casadas, que le esperaban para la primavera como a un exótico pájaro del sur que anunciara la alegría del buen tiempo. Y eso que Santo Orlando era más bien taciturno y no muy hablador, y lo que más apreciaba de Londres eran las tiendas de Kings street y Jermyn street. Siempre volvía a su Villa Buzza cargado de unas docenas de camisas y un buen número de trajes. Desde Hawes & Curtis a David Salomon, pasando, claro está, por James Lock & Co., a todas las casas enviaba su tarjeta, con el fin de que le reservasen hora en exclusiva y así tener a su disposición a todo el personal de la firma. No sólo le gustaba comprar rompa. También disfrutaba hablando de ella y de la moda, y de quienes eran en Europa los mejor y peor vestidos.  Para él vestir bien era una forma de diferenciar entre los auténticos aristócratas de clase y los ricos advenedizos. Los zapatos los encargaba invariablemente, nada más llegar a la ciudad, a John Lobb, para que tuvieran tiempo suficiente de hacerle todos los pares que necesitaría hasta el año siguiente. En cuanto a las cosas de Chiara tenía un acuerdo con una de sus amantes. No es que él no supiera de moda femenina ni de tejidos delicados y suntuosos o adornos singulares. Pero estaba el detalle de las pruebas. Así que toda la renovación del vestuario de su mujer, desde la lencería hasta las pocas prendas de abrigo que compraba, corría a su cargo y al de esta dama que a decir del conde Orlando tenía la misma talla y la misma estructura ósea que Chiara. A la amante el asunto le divertía. Elegir los modelos y probarse las prendas de la mujer de su amigo siciliano formaba parte del juego amoroso, le añadía perversidad, le otorgaba el poder que una imagen simbólica tiene sobre la realidad. Y aunque ese dominio fuese efímero, puesto que cuando su excelencia regresaba a casa todos los vínculos quedaban truncados, por ello mismo a la amante le atraía más. Era una aventura corta, sin consecuencias, y que se repetía cíclicamente como un rito. Santo Orlando nunca habló sobre su mujer en Londres, ni cuando ella vivía ni después. No lo hizo tampoco cuando todos supieron por qué se había vuelto un hombre tan triste. Y puesto que él nada dijo, nadie le preguntó en todos los años en los que continuó viajando a Londres por la primavera.

 

Tuve un reencuentro en Sicilia. Pero de que se había producido este reencuentro trabé consciencia unos días después de haber empezado a pensar en Santo Orlando, en Chiara Barbieri y en la amante londinense. El hecho tampoco fue nada extraordinario. Consistió más bien en el reconocimiento de alguien que fui yo. Una venganza del tiempo. Un volver a situarme respecto a mi eje. No es que ésta nueva ubicación mía en la geografía de mis referencias tuviera nada que ver con nada, excepto conmigo misma. No obstante, cambió mi perspectiva de las cosas y seguramente ello influyó en que dedicara una buena parte de las horas que transcurrieron recorriendo la isla en el autobús turístico a pensar en la multitud de historias personales, muchas de ellas entrecruzadas entre sí con toda probabilidad, que se podían percibir más allá de los gestos descoyuntados, de las carnes acartonadas, a través de las órbitas vacías, en la suntuosidad de los vestidos de aquellas miles de momias de las Catacumbas de los Capuchinos de Palermo. Porque en otro momento yo hubiera necesitado angustiosamente borrar de mi mente lo más deprisa y totalmente posible semejante visión espectral. Y sin embargo ahora era capaz de recordar sin que se me disparara el pulso algunos aspectos muy concretos de cuanto me había dado tiempo a ver. Y sobre todo no podía dejar de pensar en vidas como la del aristócrata Orlando, según la oí contar durante la visita al lugar. Era capaz de situarme ante esa acumulación de muerte y no temblar. Creo que es la primera vez en mi vida que algo así me ha sucedido.

 

         En Segesta, frente al Golfo de Castellamare, tuve la impresión de haber estado allí. No fue un déjá-vu. Sé que me acordé realmente de la mañana de mayo de 1552 en que vine aquí con Agnello y él rasgó con su nombre y el mío, y con la única fecha de aquella existencia mía que puedo recordar, el basamento pétreo del templo inacabado de esa vieja ciudad que poblaron descendientes de Troya, que al parecer están por todas partes. Sé que entonces como ahora ascendimos por la ladera de la colina, me giré para contemplar abajo el mar y el río, y me senté finalmente en las escalinatas del podio. Sé que llegué hasta aquí en compañía de mi amante hermoso, el joven Agnello, desde Palermo, y que, como en esta estancia breve de mis vacaciones, admiré entonces la exactitud de la arquitectura dórica del templo. Un templo sin dios al que guardar, un templo inconcluso por los siglos de los siglos. Un lugar sagrado sin consagrar, un fallo en la espiral de las dimensiones que van cerrando el devenir de la historia. Un agujero por donde he reconocido el nombre de Agnello  y una fecha – V 1552 – , bien visibles, y encima del suyo el mío, casi borrado. Amé a Agnello esa mañana como ya nadie ha vuelto a amar, pero sólo yo lo sabré por siempre jamás. Por eso he podido entender al pobre conde Santo Orlando, noble de familia de segunda fila entre aquella pomposa y orgullosa aristocracia siciliana a la que ya no le quedaba nada más en la historia que iniciar su decadencia. Las Catacumbas de los Capuchinos de Palermo no son un cementerio. Son un fallo en la espiral. Un fallo en la espiral de las leyes naturales, un templo perpetuamente inacabado, una muerte sin dios, la voluntad colectiva de no abandonar nunca las dimensiones de la historia que se quedan abiertas. Una negación de la melancolía.

 

         Hay gente muy rara. A la amante inglesa del conde siciliano no le importó seguir eligiendo ropa y probándose vestidos para una muerta. Una primavera, pocos días antes de que Santo llegara a Londres lo hizo por su lado y por vez primera su cuñada, la joven Laura Barbieri, recién casada. El nuevo matrimonio, en viaje de luna de miel, frecuentó todos los salones de moda de la capital británica, como le correspondía hacer en esa gira de presentación en sociedad. Así fue como todo Londres supo que Chiara Barbieri, la esposa de Santo Orlando, llevaba muerta cinco años en las Catacumbas de los Capuchinos. Que era una mujer de quince años cuando la desposó el conde, viudo de su primera esposa, quien también descansaba en las mismas Catacumbas, con sus mejores ropas, como todos los cadáveres expuestos en este lugar, en el pasillo de las mujeres, a una distancia conveniente de Chiara, con el fin de que todo el mundo supiera que él, Santo Orlando, ponía diferencia entre una y otra, porque la muerte que le había destrozado la vida al conde fue la de esta niña.

 

 Laura contó a todo el que le prestó  atención que su hermana mayor se había casado con Orlando muy enamorada y que él, a sus más de treinta años, también lo estaba de Chiara. El primer matrimonio del conde había sido un acuerdo de conveniencia. No pasó de ello en todos los años que duró hasta la muerte de la primera esposa, a la que él guardo el luto preceptivo, aunque antes ya se había enamorado de la niña Chiara una tarde de verano, en la plaza del teatro Mássimo, por cuya escalinata ella descendía vestida de blanco, del brazo de su padre. Recuerdo que en esta parte, la guía lanzó un suspiro digno de una actriz consagrada, mientras su mano levemente apuntaba el gesto de descubrimiento de la joven difunta, presente allí, delante de todos nosotros, pequeña y encogida, imposible de reconocer, aunque no hubiera duda de que se trataba de Chiara Barbieri, la desgraciada esposa del conde Santo Orlando, bella y elegante, penosamente y repentinamente muerta a la edad de veinte años.

 

Del diario adecentamiento del cadáver de Chiara y de desvestirlo y vestirlo con las ropas que traía de Londres para ella se encargaba personalmente el conde, ayudado por la misma doncella que su esposa tuvo en vida. Todas las mañanas, puntualmente a las diez, llegaba el carruaje de Santo Orlando a la puerta de las Catacumbas. Sólo faltaba a esa obligación, que él ejercía con sentida devoción, durante las semanas que pasaba en Londres. Todo el mundo sabía en Palermo que el conde no volvería a casarse. Seguía estando casado con aquella muerta con la que pasaba las mañanas, a quien le leía las novelas sentimentales que a ella le gustaban, para la que organizaba semanalmente conciertos de cámara. Muchas veces, otros visitantes de las Catacumbas, todos, salvo excepciones, pertenecientes a la aristocracia de la región o a las nuevas ricas familias burguesas, acudían junto al conde y su esposa en unas reuniones que llegaron a conocerse como el salón de la condesita Orlando. La gran sociedad palermitana parecía detentar el poder de paralizar a la muerte. Todo aquel que había sido alguien en la ciudad desde el siglo XVII residía allí, en estas Catacumbas, resistiéndose a desaparecer de la faz de la tierra, embalsamados por las sabias manos de los padres capuchinos y vestidos como si fueran a salir a hacer su paseo vespertino por Vittorio Enmanuelle o Via Maqueda. Pero el que más empeño ponía en esta lucha contra las sombras era Santo Orlando, quien había trasladado buena parte del transcurrir de su vida a ese recinto inclasificable para que la niña Chiara pudiera seguir viva.

 

La  amante inglesa del conde que le ayudaba con los ajuares de Chiara no preguntó nada cuando él regresó aquella misma primavera en que Laura Barbieri había desvelado las circunstancias de la vida del siciliano. En realidad nadie preguntó nada. Ningún anglosajón podría entender aquel fenómeno de las Catacumbas de Palermo que reventaba cualquier análisis taxonómico. Mucho menos el comportamiento de Santo Orlando. Integrado en la categoría de lo exótico, lo consideraron como un asunto personal y ahí se acabó la indagación.  Eso sí, sus otras amantes esporádicas le excusaron de sus favores desde aquel momento. En cambio Lisa Shergold no sólo continuó su relación con él como siempre, sino que acrecentó su tácita complicidad en ella. Nunca explicó sus razones, pero ayudó al conde a mantener su idolatría y a habitar en su locura. Si bien muchos dijeron en Palermo que fue ella quien le mató por celos envenenándolo, casi susurró en ese momento nuestra guía delante ahora del cadáver, todavía de considerable estatura, del conde Santo Orlando, que duerme en su nicho del pasillo de los hombres, unos metros más allá de su amada niña. Lo cierto es que murió en Londres, en la casa que alquilaba siempre, en compañía de Lisa. En sus brazos, se difundió enseguida. Aunque eso nunca se pudo saber puesto que Lisa sólo habló de ello con los médicos que dictaminaron un fallo de su corazón como causa del fallecimiento. En Londres se desataron los demonios amordazados y fue un escándalo mayúsculo. A Lisa le costó su matrimonio. Pero no le importó. Desde que se enteró de la existencia de la niña muerta, cuando Orlando estaba en Sicilia le cuidaba en la distancia; se carteaba con él y procuraba saber cómo se encontraba. Nunca intentó separarlo de su esposa. Quizás sólo ella entendió en realidad el profundo mal de melancolía que sufría el aristócrata y que en los últimos tiempos de su vida apenas reconfortaba ya la devastadora ilusión del teatro de las Catacumbas. Todo Palermo la vio, enlutada de los pies a la cabeza, recorriendo el camino entre Villa Buzza y las Catacumbas, detrás del féretro de Santo Orlando. Luego fue a contarle, al oído, a la niña Chiara lo que había sucedido.

 

 

  

 

 

 

**** Una sola contextualización:

 

Melancolía personal y melancolía social

 

 

 

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