Embarque a Citerea (A. Watteau)

a) El engaño siciliano: Un interesante texto de Vlady Kociancih

 

“En el transcurso de los siglos, en la sucesión de invasores que fueron dejando su marca cultural en esta codiciada isla estratégica -fenicios, griegos, romanos, árabes, españoles, franceses-, nunca se borraría del todo la huella literaria de Ulises. Cómo no percibir en la obra de autores sicilianos esa soledad y ese carácter obsesivamente inquisitivo, la siempre riesgosa exploración de las apariencias del mundo, la denuncia del engaño y su venenosa magia de Circe, la desesperante y terca búsqueda de la verdad en una trama de mentiras, la necesidad de un equilibrio entre la belleza y el horror, la racionalidad y el delirio, la luz de la vida y la oscuridad de la muerte. Y la inevitable amargura. “

 

“Pienso que la vida es una triste bufonada, ya que tenemos en nosotros, sin poder saber ni cómo ni por qué ni de quién, la necesidad de engañarnos continuamente con la espontánea creación de una realidad (una para cada uno y no siempre la misma para todos) que de tanto en tanto se descubre vana e ilusoria”. Quien escribió estas líneas melancólicas es el famoso dramaturgo y narrador italiano Luigi Pirandello, nacido en Agrigento, Sicilia, una noche de junio de 1867, en una apartada campiña llamada Caos, donde sus padres se habían refugiado de la epidemia de cólera que azotaba el país. “Literalmente hijo del Caos”, como apunta en un fragmento de su autobiografía, provenía de una familia rica, dueña de una de esas minas de azufre cuyas miserias de explotación y de explotados denunciaría otro escritor siciliano, Leonardo Sciascia.

A los veinte años, Pirandello se trasladó a Roma para seguir la carrera de Letras y luego a Bonn, donde se graduó. En 1894 se casó con Antonietta Portulano, quien le daría tres hijos. En esa vida de mediana apacibilidad burguesa, entre estudios y clases, Sicilia se alejaba y se estilizaba en la imagen de un pino solitario recortado en el azul del mar, (uno de los pinos sarracenos de Caos bajo el que pediría ser enterrado), hasta que en 1903, esa realidad dio un vuelco al precipicio de una pobreza antes inconcebible y a la locura que sería el tormento y la inspiración de su obra. La mina de azufre se desmoronó y con ella la fortuna paterna y la dote de su mujer. Antonietta leyó la carta que anunciaba el desastre y perdió la razón. Un infierno de celos paranoicos se instaló en la casa; otro, fuera de ella: la imposibilidad de mantener una familia y pagar a los médicos que atendían a su esposa.

La única salida, resolvió Pirandello, era suicidarse. La duda o la repugnancia de la muerte le impusieron una postergación. En ese umbral oscuro, empezó a escribir sin un respiro para ganarse la vida, literal y frenéticamente, colaborando en revistas, publicando relatos. No necesitaba salir en busca de materiales de ficción. Estaban en él, en la memoria bien guardada de una patria que parecía haberse diluido en los tramos de Bonn y de Roma y que ahora resurgía con toda su fuerza, mezclando y uniendo los elementos de la tradición siciliana con los de su drama personal, alquimia literaria que daría al mundo una versión de la existencia atravesada por la imposibilidad de aferrar una sola verdad, una sola certeza de su realidad y de la nuestra que nos consuele del hecho de ser nada más que una partícula del caos, títeres del azar pendiendo de hilos invisibles.” —->

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b) La melancolía paralizante:

 

” En el duelo el sujeto es más libre y capaz de sustituir objetos. En la melancolía, ante la pérdida, el yo en lugar de retirar la libido y dejarla libre, al buscar otro objeto, se retrotrae al yo y se identifica al objeto perdido: identificación narcisista de objeto. Esto es lo que magistralmente resume Freud con la frase “La sombra del objeto cae sobre el Yo“”  ———->

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