Si la historia que quiero contar fuera inventada, hubiera tenido que darle un final desgraciado. No se puede pensar en escribir una historia de amor entre un adolescente de catorce años y una mujer de veintisiete y cerrarla con un final feliz. Todo sobre lo que se puede reflexionar disponiendo de un material literario de esta condición conduce irremediablemente a la tragedia. Como mucho, – si  eludimos la manoseada deriva moralizante- podría considerarse una concesión al tono tragicómico: pobre mujer: se ha ido de la cabeza. La literatura, al fin y al cabo, ha de acometer trucos creíbles. Y ésta es una desventaja respecto a la realidad. La realidad es. Si parece imposible, no importa. Es la realidad. Mientras cambiamos de acera y miramos con mucho interés el escaparate, muda el tiempo. A la realidad inverosímil no le habrá hecho falta nada más para quedarse. Pero la literatura, si no convence – y digo convencer, no aparentar lo real: a estas alturas de siglo, eso ya se supone – no conseguirá ser soportada, mucho menos aceptada entre nuestro equipaje, ni viajará con nosotros en el coche o en el avión, no esperará en las estaciones ni se acurrucará junto al plato de judías verdes con mayonesa: así empecé yo a leer el Quijote, por capítulos, mientras comía, porque no quería comer sola aquel verano de mis catorce años. Era una época en la que yo también andaba enamorada de un hombre que tenía casi treinta. Y no me importaba que estuviera casado ni que tuviera hijos pequeños. Eso a mi no me incumbía. Le adoraba porque era inteligente y guapo; porque todo el curso había leído a Tucídides traduciendo desde el latín como a galope tendido. Era rubio, con los ojos verdes, y traía a veces un jersey azul celeste que, cuando aparecía por el vano de la puerta, provocaba un removerse general de traseros sobre el pupitre, mientras se erguían las cabezas y los ojos en dirección al rincón del encerado, para ver y hacerse ver por aquel tipo ideal de azul antes de que se sentara en su cátedra y empezara a leer en latín como si nada y a traducir como una metralleta. Pero esta historia mía no terminó bien, pues ya se percibe que fue literatura, como casi todos los amores adolescentes.

 

         En cambio, la de Ángela y Pablo – ya digo, veintisiete y catorce años cuando se conocieron- marcha viento en popa. Pablo tiene veinticinco en la actualidad y lleva cinco años casado con Ángela, que ha cumplido treinta y ocho. Ya no parece un asunto tan grave ni tan escandaloso. En cualquier caso, han sido ya quemados en la hoguera tal cantidad de veces que están inmunizados. Nadie nunca dio ni un duro por ellos. Hay que reconocer que no era fácil que saliera bien. No era fácil tampoco confiar. Pero ahí están, ellos y su hijo. ¿Qué hacer entonces con esta realidad capaz de desafiarse a si misma y contradecirse cuando le da la gana?

 

         Es verdad que Pablo no parecía un adolescente de su edad. Ni físicamente ni en cuanto a su manera de pensar. No hubiera podido, de ser de otra forma, enamorarse de Ángela ni hubiera sabido, con un aplomo que causaba la desesperación de todo el mundo, que tal hecho no iba a cambiar por mucho que lo intentara. Porque ni Pablo ni Ángela eran ni son unos destartalados mentales. Y hubo unos meses en que procuraron no hablarse ni verse casi, más que lo inevitable, en el instituto. Pero ambos son muy inteligentes, y entendieron que la realidad no iba a modificarse por mucho que ellos le dieran la espalda. Así que la tomaron como aliada. Idearon un plan para que la realidad fuera creíble y dejara de ser literatura. No conozco los detalles. Se comportaron según pareciera más fácil, en función de que se les otorgara la suficiente confianza como para instalarse con plenos derechos en la realidad. No hay que soslayar que Pablo tenía unos cuantos años por delante hasta ser mayor de edad. Que cualquier desliz al considerar esta circunstancia por parte de Ángela, hubiera podido ser aprovechada para que se la acusara de lo más bajo e indigno. Así que tuvieron que tener paciencia y mano izquierda. Fueron como algunos personajes de Galdós, dados en un principio a saltarse las normas sociales a la torera, propiamente anárquicos, pero llegados después a la conclusión de que  guardar algunas apariencias permite a menudo ser mucho más libre. No hemos ido en realidad más allá, después de todo un siglo. Estoy segura de que tuvo que haber entre ellos hechos inevitables. Pero sólo a ellos ya les incumben. Yo únicamente preguntaré en sentido impersonal, sobre el papel. Innecesariamente.

 

         Lo haré en atención a que esta historia de Ángela y Pablo me permite saber que existe una realidad más poderosa que mi imaginación. Que no soy capaz de resolver muchas preguntas, cuyas respuestas me hubieran permitido escribir una historia no real y que acabara mal. Interrogaré nada más acerca de las cosas que a mi me interesaban cuando pensé en ellos para convertirlos en teatro. ¿En qué escena coloco su primer encuentro? ¿Fue importante? ¿O fue más tarde cuando empezaron a fijarse uno en el otro? Es decir, ¿tuvo Pablo un enamoramiento adolescente? ¿Fue él quien se atrevió a rozar con sus labios los de Angela el día que revisaban, inclinados sobre la mesa ambos, un examen? No pudo ser Angela. Pero ¿y si fue ella, saltándose todo lo humanamente sensato? Entonces, ¿qué pensó Pablo? ¿Le gustó? ¿Se sintió abrumado? : Angela casi le doblaba entonces la edad. ¿Cómo se dieron cuenta, más adelante, de lo que estaba sucediendo? ¿Cómo lo hablaron? ¿Lo hablaron? ¿O no lo hicieron hasta que Pablo intentó tener un encuentro sexual y Angela se asustó? ¿Se asustó? ¿O le excitó y le pareció lógico puesto que se gustaban? ¿Cómo le gusta a una mujer de casi treinta años un adolescente de catorce? ¿Hubo algún impulso maternal mezclado con todos los demás? ¿Cómo se entiende eso? ¿Cuántos amantes había tenido antes Angela? ¿Fue la primera vez para Pablo? Hay que suponer que sí, ¿o no? Y si fue la primera vez, ¿nunca ha estado ya en adelante con ninguna otra mujer además de con Angela? ¿Qué hacia ella, cuando Pablo tenía que estudiar o hacer deberes? ¿Hacía deberes en casa de ella -deberes del colegio, digo?- ¿Iban al cine? No, no se atreverían, al principio no. Y si iban, o a cualquier otro lugar, a la biblioteca, a comer, a conciertos, seguro que no se atreverían a abrazarse, a besarse, ¿o si? Quizás simularían alguna  relación familiar, para poder permitirse al menos ciertas aproximaciones, aunque fuera cogerse de la mano. Pero, eso debe dar mala conciencia, ¿o no? ¡A hacer puñetas todo!, ¿no? ¿Qué se pierde? Empezar a vivir una vida desde una situación tan al límite debe ser no apto para cardiacos, adrenalina todo el día y todos los días. ¿O uno y una también se acostumbran? ¿Han sido siempre felices? Seguro que no. Entonces, ¿cómo han podido estar tan seguros de que no podían hacer otra cosa que continuar juntos?

 

         Sería muy largo, interminable.

 

         No conozco a Pablo y Angela. Oí su historia en la radio. De verdad. La contó Pablo. Un resumen: nos conocimos: ella tenía veintisiete y yo catorce años; nos enamoramos, fue muy complicado pero nos casamos cuando yo tenía veinte años. Estamos bien. Tenemos un hijo. Cosas así también suceden, intentó seguir explicando Pablo. ¡Publicidad, no! grité, ¡publicidad ahora no, gilipollas! ¿qué más?, grité, ¡pregúntale! Pero no hubo preguntas. Y yo empecé a pensar que se podría contar una historia como la suya. Pero no sé hacerlo. Seguramente porque la literatura no está a estas alturas para imitar a la realidad. Ni a nada. Ni debe hacerlo. Ni siquiera sé ya si está para explicarla. Aunque, omnia vincit amor (perspicaz Virgilio).

 

 

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CONTEXTUALIZACIONES:

dE Omnia vincit amor  /o no (hay que considerar la ironía en Virgilio) —>a Lolita (anti-tradición /o un buen puñado de topoi freudianos tbén) y

a partir de aquí, tomando una de las vías: cabe plantearse muchas cosas acerca de los adolescentes // Espacio Mínimo  

                               puntos aparte:

                                   1. El narrador como personaje que no encuentra su lugar: o los personajes periféricos (´seguramente la cosa viene ya desde por lo menos Galdós, aunque jorobe)

                                    2. Cómo usar creativamente y de un modo útil la tecnología de la información: dilema tben antiguo: Brecht

 

 

 

 

 

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