Aunque estaba solo en el mundo, no le gustaba nada quedarse a trabajar fuera de horario. Si permanecía allí aquella tarde, después incluso de anochecer, era por obligación. Tenía que ultimar un convenio con el gobierno autónomo para realizar una serie de actividades culturales a lo largo del curso próximo. Era importante para su pequeña biblioteca de cabecera de comarca. Al día siguiente viajaba a la ciudad y no había tenido tiempo hasta esa misma tarde de asentar algunos puntos, que no quería que se le escapasen en la negociación con el director general. Hubiera preferido pasarla zambullido en aquel ejemplar de Cuentos populares ingleses, tan bien ilustrado, que había llegado por la mañana y que había comprado a petición de una maestra, que quería leérselo en clase a los alumnos. Cuando los libros le entraban por los ojos, Ramiro solía llevárselos un par de días a casa, antes de ficharlos y de avisar, si era el caso, a la persona que había formulado su desiderata. No tenía muchos más privilegios en aquel trabajo silencioso. Y ése lo disfrutaba sin remordimientos.

 

        Hacia las ocho de la tarde había oído un bullicioso murmullo de conversaciones joviales pasar por debajo de la ventana de su despacho. Habría acabado ya la sesión del circo. No era habitual que un circo recalase en aquella pequeña villa. Más bien era algo extraordinario e inusitado. Pensó que estaba bien, y que a lo mejor sucedía que el pueblo había iniciado una nueva vida, más cosmopolita. Un circo no es cualquier cosa. Y quedan ya muy pocos. Más a mi favor, pensó, para que no parezca lógico que venga a parar a un sitio como éste, a no ser que algo extraordinario haya sucedido. Pero en los últimos días no había encontrado ninguna señal de nada que tal indicase. Así que será que el pueblo se ha vuelto importante y aparece ahora en los mapas y en las agendas de los representantes. Preguntaré mañana al alcalde, ironizó para sus adentros. Y se centró de nuevo en su trabajo, con ánimo de terminarlo lo antes posible. Eso había sido hacía una hora más o menos y nada se había vuelto a oír hasta este estruendo catastrófico que de repente llegó desde el final de la sala de lectura, en medio de la oscuridad violeta. Instintivamente se escondió detrás de la mesa, tirando el sillón a un lado. Pero nada más sucedió durante los minutos siguientes. Tenía que salir y mirar. El corazón le botaba en la cabeza. Aunque se dijo que nada malo ni horrible podría ocurrir, porque el mal nunca se anunciaba con tanto estrépito. Encendió la luz de la primera sala solamente. Fue suficiente para ver sobre el montón de libros caídos al fondo de la siguiente sala un cuerpo inmóvil. Con mucha precaución se acercó algunos pasos. Bastante para darse cuenta de que se trataba de una mujer extrañamente ataviada. Seguía quieta como una muerta. ¡Dios! ¿Cómo ha pasado? ¿Quién es? ¿Cómo ha llegado hasta ahí? Gritaba ya Ramiro, avanzando y retrocediendo a grandes zancadas, entre inútiles aspavientos. Asimilada la terrible impresión, se dio cuenta de que tenía que ayudar a la mujer, hubiera sucedido lo que fuera que la había dejado en aquel estado. Entonces llegó el asombro más inesperado. Cuando con sigilo se inclinó sobre ella, dispuesto a comprobar cómo se encontraba, la mujer abrió  despacio los ojos, le sonrió y le llamó por su nombre:

 

 – Hola Ramiro, siento haber causado esta destrucción y haberte asustado. Tranquilo, no soy peligrosa.

– ¿Quién es usted?, cacareó como pudo Ramiro, aunque ya se arrepentía del trato empleado al ver la cara de muñeca adolescente de la mujer. ¿Qué ha pasado aquí? ¿Cómo ha entrado? ¿Desde cuando está en la biblioteca?

– No sé muy bien. Soy Lola, trapecista del circo. Vine ayer a buscar algún libro para leer mientras estemos en el pueblo. Tenemos contratados cuatro días y vendrá gente de toda la comarca. Te vi entonces, organizando un montón de ejemplares que estaban en cajas, como recién llegados. Me impresionaste. Sabías exactamente de qué hablaba cada libro. Yo sólo sé hacer piruetas en el aire. Pensé que era una suerte ser como tú y tener a mano tantos libros para aprender y curiosear. Durante la actuación esta tarde no sé qué ha pasado. Estábamos arriba del trapecio mis compañeros y yo. Soy la más ligera y me toca subir a lo alto de la pirámide que construimos en un momento del espectáculo, todos sobre una cuerda floja. Desde allí salto y cojo el trapecio que vuela libre empujado por otro compañero. Creo que no alcancé a asir el trapecio. Y ahora estoy aquí. Mas asustada que tú.

 – Creo que recuerdo haberte visto ayer un segundo, cuando ya te ibas con los libros. ¿Puedes moverte, levantarte?, preguntó el bibliotecario, como si la explicación a la presencia de Lola allí fuera normal. Te llevaré al circo, si puedes caminar.

 – Caminar, no sé. Estoy bien. Pero me duelen el tobillo y la cabeza. Puedes llevarme en brazos, si quieres. Ya te he dicho que soy muy ligera. ¿Podrías besarme? Es que ayer ya me gustaste mucho.

    La levantó, pues, con sus manos temblorosas. La besó y salió a la calle, sin entender nada, pero con un gozoso cosquilleo en el estómago. Al fin y al cabo, Lola había ido a buscarle de propio.

 Pero nadie creyó a Ramiro cuando llegó a las puertas del circo, con el cuerpo de Lola inerte en sus brazos.

 

 

CONTEXTUALIZACIONES:

 

El circo

Relativo y cuántico

El espectáculo del amor y la muerte

 

 

:::: Descargar la_trapecista.pdf

 

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