Temporal en la costa ...

 

 

Elvira no oía nada desde la terraza de su casa situada en un edificio de apartamentos, frente al océano, con las barandillas oxidadas.  Bueno, oía el mar hinchado y negro bajo la lluvia, obligando a la  tierra a replegarse sobre su orilla, resoplando como un toro. Y a cada embestida del mar, Elvira también oía la respiración ahogada de Gabriel. Lo imaginaba -sabiendo cada gesto de él como sabía, cada paso ascendente en busca del placer, sabiendo incluso que procuraría pronunciar ahora palabras diferentes, sin duda más elocuentes aunque más torpes – comiéndose a dentelladas a la leve Patricia, allí en el dormitorio de su casa, a pocos pasos de donde ella se había tendido, en la terraza, en la tumbona de madera. El mar se alzaba tanto que salpicaba a conciencia las amplias aceras del paseo marítimo aquella tarde de sábado. Elvira se tapaba con una toalla de playa, porque a pesar de ser agosto hacía fresco, había empezado a llover y había salido a la terraza en camiseta de tirantes. Toda su ropa estaba en el vestidor de aquel dormitorio. Tumbada, procuraba no pensar y volvía una y otra vez sobre la misma página de la novela que intentaba leer. Pero el mar resoplaba y Gabriel resoplaba, respiraría como un buque sin brújula. No conseguía ni quería en realidad concentrarse. Maldito mar. Maldita Patricia, la estudiante lista, ni un segundo se lo ha pensado lo de irse con él a la cama. Ni un poco que se ha cortado. Bien, no tenía por qué negarse. Y yo no tendría que estar dándole vueltas. Maldito mar, parece haber enloquecido. La lluvia arrecia pero no soy capaz de entrar a resguardarme.

 

   Los demás se habían ido. Quisieron llevársela con ellos a la calle, a tomar un último café, cuando vieron la que se estaba preparando, la que se había preparado, delante de todos. Gabriel, al final de la comida, metido en tragos y ya sin poder aguantarse las ganas acumuladas en un par de semanas del curso de verano, se había ido derecho tras Patricia, en un momento en que ella se levantaba anunciando que iba al baño. Tú no vuelves, le soltó, agarrándola por las caderas y colgándose de su cuello como un gato. Ella se giró, sorprendida sí, pero halagada y dispuesta. Gabriel le dijo al oído, lo suficientemente alto para que todo quedará claro: tenemos una relación abierta, sin problemas. Cucó el ojo. Sin embargo, Elvira saltó en ese momento, como un resorte: ¡hoy no, Gabriel, aquí no!, sin poder contenerse, mientras él la apartaba con un empujón como cariñoso y entre carcajadas excesivas fomentadas por la abundancia de vino: ¿por qué no, qué mas te da? Id a dar una vuelta. Y se encerró con Patricia en el dormitorio

 

 No se había querido ir con los demás. Ella también estaba bastante borracha. La comida con algunos profesores del departamento y cuatro o cinco alumnos y alumnas, esos que siempre andaban alrededor y que habían asistido al curso de verano que Gabriel había impartido junto a otros colegas, se había prolongado hasta media tarde. Todos habían bebido mucho. Pero Elvira no perdía jamás el control, aunque en su cabeza sintiera cómo sus neuronas soltaban chispas al buscarse unas a otras, sobre todo las neuronas que habitaban en la parte alta de la frente, que  apretaba, vuelta ahora boca abajo, contra el flequillo de su mata ensortijada y roja de pelo y contra el borde del respaldo de la hamaca. Quería realmente dormir. Pero el mar resoplaba como un caballo ladera arriba y alcanzaba la línea de toldos de la playa. Hubo algún segundo en que se olvidó de Gabriel y de Patricia, pero de repente una nube espesa como un folletín soltó sobre ella miles de bolas blancas que la torturaron sin piedad y la obligaron a meterse dentro de casa y a cerrar la puerta de la terraza. Pudo oír bajo el estruendo del granizo una risa femenina de las que contienen un cóctel de halago al macho y de provocativa timidez, y sobrepasándola la voz rocosa de Gabriel, ¡la hostia! ¡la hostia! ¡la hostia! ¡Me cago en vuestra sombra!, gritó Elvira. ¡Acabad, cabrones, tengo que entrar a cambiarme de ropa! Estaba empapada de los pies a la cabeza y titiritaba de frío, de nervios, de rabia. ¿Por qué no podía esta tarde soportar que Gabriel estuviera follando con otra? No era nuevo. Lo habían hablado al principio. Fue la condición que él había dejado clara para llevar adelante su convivencia: relaciones abiertas, le dijo, es lo más coherente al ser humano. El sexo es sexo. Elvira compartía el punto de vista. Le parecía bien. Había practicado con naturalidad esa relación abierta, introduciendo en ella a sucesivos amantes, e incluso algunos le duraron varias semanas y se los había presentado a Gabriel en algunos actos sociales. Pero ahora no le gustaba la mirada de Patricia. Patricia no era sexo, se venía diciendo desde hacía varios días. Se lo había advertido a Gabriel: la mosquita va a por ti, no sólo para que te la tires. No es que quiera asegurarse la beca al año que viene. Tiene prisa por entrar en el estamento. Y no le importa hacerlo por vía vaginal. A Gabriel, que todo eso le sonaba a resquemores celosos, sólo se le había ocurrido contestarle que tenía un par de buenos polvos y punto. Va a por ti, directa como una vaca, remachó Elvira. Por eso, en parte, esta tarde no era como otras veces. Además Elvira había estado oyendo al mar resoplar bajo el cielo, resoplar hasta causar una tormenta portentosa y estéril. ¡Patricia eres una puta!, gritó con todas sus fuerzas Elvira, en medio del salón, desnuda, la ropa mojadísima, dos breves piezas de ropa veraniega y una braga, chorreando sobre el parqué. ¡Puta! ¡Puta!, mientras golpeaba con todas sus fuerzas con los puños en la puerta del dormitorio y Gabriel le contestaba que como se le ocurriera entrar la echaría de casa. ¡Vete a dar una vuelta y no seas histérica! ¡Pero es que llueve a mares y graniza, cabrón! ¡Y estoy en cueros! ¡Que se vaya la puta! ¡Quiero mi ropa!

 

Billie Holiday: My man

 

    Pero Elvira, en realidad, hacía días que estaba fuera y ya no retuvo el llanto, lo dejo ir para no quedarse sin respiración. Pulsó el botón de play en el reproductor de cedés y subió el volumen de Parsifal, que estaba dentro de la panza, hasta el límite de la reverberación. Se metió al cuarto de baño, debajo del agua caliente, intentando controlar la tiritera. Mientras la ducha le iba devolviendo la consciencia de sí misma, apuró las lágrimas hasta que estuvo segura de que las paredes del cuarto de baño recuperaban su lugar y dimensiones verdaderas. Hasta aquí había llegado su patética desesperación. Empezó a sentirse mejor y a ver con claridad a través del agua. Debajo del agua y de la música proteica de Wagner se estaba bien. Podía pensar. No sabía si Gabriel y Patricia seguían en la habitación de al lado. Pero no los percibía cerca. Un truco mágico los había hecho desaparecer. Mientras se enjabonaba, volvió a pensar en el chico de la librería. Pensaba en él a menudo en los últimos días. En realidad supo que tendría que marcharse de la casa de Gabriel desde la tarde en que folló con el chico de la librería, pero lo supo sólo con el estómago y no le hizo caso. Pensaba en él ahora y seguía gustándole tanto como la primera vez que entró en el local, mediado ya el curso; antes no lo había visto por allí. Empezó a fiarle libros porque la beca no se la pagaban prácticamente hasta final de curso. No solía hacerlo, no con todos los estudiantes. Sólo con algunos. Con éste por ejemplo, tan desenvuelto. No tuvo claro que podría hacer el amor con él hasta casi finales de curso. No sabía muy bien a que atenerse. Pensaba en él ahora, segura de que ya no le dejaría pasar nunca más a la trastienda. Ella fuera de casa de Gabriel; el chico ya jamás en la trastienda. Gabriel y Patricia eran de repente como unos vecinos de rellano. Mientras, los movimientos de la  mano de Elvira enjabonándola se habían convertido en conocedoras caricias y luego ya sólo quiso liberarse de la extrema tensión que la recorría. El chico de la librería tenía una voz muy antigua, pensó, cuando la otra tarde, después de masturbarla como ella le pidió, tras haberla penetrado como él quiso, le preguntó, con toda la insolencia irreprimible de la juventud, cuántos años  tenía: lo digo porque me ha gustado mucho estar contigo, adornó. ¡Los mismos que tu madre, pequeño cabrón!, se enfureció Elvira y le echó a empentones de la tienda. Le echó porque sabía que aunque no le dijera los años que tenía, él iba de todas formas a presumir entre sus amigos de haberse tirado a una tía de casi cuarenta tacos y de haberla hecho correrse un par de veces. Como un estúpido gallo cacareador. Y luego, bajo el silencio del atardecer, mientras recogía y cerraba y dejaba únicamente dadas las luces del escaparate, fue cuando oyó a su estómago mascullarle que había llegado el momento de estar sola. Aunque todavía no podía entenderlo.

 

         Había entrado en calor. Se arrebujó en la gran toalla de baño. Gabriel había quitado la música. Fumaba en la terraza. La gran tormenta se alejaba en el horizonte y aún se veían los rayos y relámpagos agitando el mar. Pero la playa estaba quieta y húmeda, ocupada poco a poco por los ociosos veraneantes y visitantes de fin de semana que paseaban parsimoniosamente, a la espera de que secaran las mesas y sillas de las terrazas para poder sentarse a tomar algo.

 

– Llevas una hora en el baño. Vístete, anda, le dijo Gabriel. Pero Elvira no hizo caso; le gustaba el tacto de la toalla y su calor. Gabriel la abrazó.

 – Voy a irme, Gabriel, dijo. Voy a buscar estos días un piso y me mudaré. Enseguida.

 – ¿Vas a irte por lo de esta tarde? No me jodas, mujer. Me he pasado metiendo a la piba al dormitorio, es verdad, lo siento. Ninguno de los dos nos habíamos acostado nunca con otra persona estando el otro delante. He roto esa especie de regla no escrita. Estaba bastante bebido. Pero no me jodas, Elvira. No exageres. En cualquier caso, no volverá a suceder.

 – Gabriel, seguro que a ti esa pequeña tramposa no te ha preguntado cuántos años tienes.

 – ¿Los años que tengo? ¿A santo de qué?

 – Ves: no puedo quedarme.

 – No entiendo nada.

 – Tú sólo avísame cuando cambies de reloj.  Le abrazó, apagándole el cigarrillo contra la barandilla: y no fumes tanto, por favor.

 

 

 

 

Lou Reed: Romeo had Juliette