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Siempre acertaba cuando sacudía con la mano un pegote de barro a quienes le tapábamos la luz de la ventana junto a la que modelaba sus piezas.

 Era el alfarero del barrio al que conocí con pocos años, muy pocos, pero recuerdo a la perfección su taller, repleto de piezas listas para cocer, y ese aroma de la tierra y el agua transformada en cientos de platos, tinajas de todo tipo y tazas.

 En el exterior mantenía unas piscinas donde mezclaba la tierra y el agua. La mezcla, batida por una máquina trituradora, entraba por un canal y se repartía entre los diferentes niveles de las pilas, interconectadas por pequeños canales, ramales y rejillas de decantación. Cuando todo se secaba, extraía el barro y, con un orden ancestral, guardaba entre trapos aquellos trozos que luego terminaban en el horno.

 Confieso haber robado algún puñado de ese barro para hacerme pitos que luego apostaba, y casi siempre perdía, en aquellas partidas de calle que se repiten en mi memoria con ese mantra inalterado: Chiva, chivica, pie, tute, baledar y gua.

 Dejo algunas cosas que me gustan del barro y la arquitectura, pero siempre con el barro en cabeza.

 

(Miguel Angel LATORRE)

 

 

 

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