Hay vidas que se sostienen por puro empeño, anda Agustina Viamonte pensando esa noche de julio, sentada a la puerta de su casa, obstinada ella también durante mucho tiempo, como su propia vida, en resistir. Está Agustina en su cosas, oye que dicen la consuegra y la nuera, que después de cenar han venido calle abajo para sentarse un rato a la fresca. Las cosas que Agustina conserva en la cabeza se han ido haciendo menos cada año. Y esta noche la pliega el cansancio, aunque cuenta las ausencias sin embargo y si se sosiega algo es porque no verá más guerras, afortunadamente, repite y repite. Con casi noventa años ya no le dará tiempo, aunque llegara a haberlas, ojala que no, que ya está bien. Me da un poco de pena oírla decir para sí sucintamente estas palabras, pues yo sé que es seguro que ya no las verá, ni aunque estallasen mañana. Piensa mucho. En cuanto llega la noche no le apetece hablar y el resto del día, lo justo. La nuera y la consuegra lo entienden, y le hacen compañía mientras ellas repasan a conciencia los quehaceres del día vivido y los del que vendrá. Agustina antes preguntaba por lo menos por los nietos, que están en Suiza y en Francia, unos desde el 39, otros poco después. Ahora tampoco. Todas estas cosas las han venido comentando hasta llegar a la puerta de Agustina. La estoy viendo levantar la mirada y sonreírles lentamente, cuando llegan. Las veo a ellas esa noche y yo, que sé que veinte días más tarde Agustina estará muerta, quisiera que hablara para poder entender cómo se vive toda la vida en medio de la muerte. Quisiera que la voz ronca de Agustina se arrastrara entre las sillas de anea y las sombras de la lámpara y hablara de sus muertos, ahora que está más cerca de ellos que de si misma.  En realidad no sé casi nada de ella. Ni del mundo en que vivió. Pero transito hoy alrededor de esas tres mujeres, como alrededor de una perfomance que se hubiera podido construir en el tiempo,  en aquella noche de julio, catorce años después de que las partieran en dos y tuvieran que aprender a vivir sólo con las páginas de la vida que dicta la cabeza. Sobre todo Agustina. Hay un umbral de dolor que el corazón no puede soportar.

 

        Han dicho la nuera y la consuegra de Agustina que ella está en sus cosas. Pero lo dicen para no tener que sumarse a su silencio. Y eso que ellas callan también mucho. No saben sin embargo que dentro de veinte días dejarán de descender la calle por la noche hasta la casa de Agustina, y un trozo más de dolor se les habrá acomodado entre el diafragma y el estómago, como una nuez o un tumor. Es muy probable que en ese pueblo donde han estado siempre – para que se iban a ir, si la muerte las hubiera seguido – a estas tres mujeres les hayan puesto un sobrenombre, que puede ser las tres marías o las dolorosas. Esa iconografía se descolgó desde los retablos de los pueblos hasta el cine de denuncia: mujeres cubiertas y oscuras de la cabeza a los pies. Las llamarán así porque siempre han procurado acompañarse entre sí, aunque en realidad hayan estado cada una a solas. La nuera de Agustina se llama Ester y la madre de Ester, Rosa.  Tiene importancia. Tener un nombre tiene importancia y que a los muertos se les pueda recordar en voz alta por sus nombres también tiene importancia. Agustina, que no puede hacerlo, lo sabe bien. Sin embargo, ella, que a penas consiguió aprender a leer, pero que ha tenido gusto en ver con asombro todas las películas que han llegado en estos años de la posguerra hasta el pueblo, no puede ni imaginar que más de veinte años después alguien pensará en ella y querrá hacer una de esas películas y, que a lo mejor, en voz alta y dentro de una pantalla como las que mira a veces, llegarán a llamarla por su nombre.  Una película que sería calificada como cine comprometido o de denuncia, acaso cine nostálgico, porque hablará de historias que han de ser recordadas, pues nunca debe perderse de vista por donde puede avanzar sus líneas el mal. Un cine que no precisa de las metáforas. Jamás habrá Agustina imaginado que alguien fuera a fijarse en  ella en el futuro alguna vez. Denunciar es un verbo que para ella significa otra cosa. Con él se dio la vuelta la realidad y se ancló sobre ella por siempre bajo el caballo azuzado de la muerte. De todas formas, si no ha hablado mucho en los últimos años de su vida no es por denunciar que se ha quedado sola en medio de la muerte. Es porque las piedras que tiene en el estómago le dan mucha sed y la sed no le deja pronunciar casi palabra. Ya está Agustina en sus cosas, dice Rosa con un ademán de comprensión y desespero. Déjela, madre, le contesta Ester, es bastante que esté tan bien. A sus años. Aunque si dice esto no habla del dolor, Ester. Habla del paseo que lentamente han dado al atardecer las dos asidas del brazo, hasta el final del pueblo, hasta la carretera de Torrebaja.  Es el último paseo de Agustina. Mañana por la mañana – Rosa insistirá después, muchas veces, susurrando, que a la hora en que fusilaron a la hija, ha hecho catorce años hoy, treinta de julio de mil novecientos cincuenta- tendrá un ataque del que no volverá. Ester y Rosa la cuidarán veinte días más y entonces dejará de respirar, de vivir ya lo ha hecho, el mismo día en que mataron a Juan, suspirará Rosa antes de avisar a las vecinas. Hasta la carretera las ha seguido la cámara que las ha descubierto en su empeño de indagar en el tiempo, como el astrónomo que rastrea el universo, y las ha percibido primero como dos puntos que se mueven, luego nítidamente al enfocar, y finalmente se ha quedado con ellas y las ha esperado en la noche, mientras compone los primeros trazos del guión.

 

        No me gusta el verano, le dirá Agustina a Ester. Ya, contestará ésta, siempre me pregunto en estos días qué pensaría Andrés, qué sentiría además de miedo, cuando el camión pasara por aquí, alejándose de casa, tan sin nadie, aunque fuera con tres más, igual de agonizantes que él. Y como siempre en este día, por única vez en todo el año, Agustina da inicio a su letanía melismática. Tal día como mañana, hará catorce años, empecé a comer piedras, hija, igual que tú. No porque no hubiera pasado ya lo mío, bien lo sabes. Y comienza a contarle a Ester por una única vez al año la mala sombra de estos siglos enloquecidos, aunque a lo mejor es que siempre ha sido y será así, hija, jodida vida, desde la Guerra de Cuba no he levantado cabeza  y entonces casi no había nacido.

 

        Esta mujer, de la que sólo sé que nunca pudo enterrar a sus muertos, debía de tener quince años, a punto de cumplir los dieciséis, cuando en la Guerra de Cuba, la que duró los diez interminables años entre 1868 y 1878, le mataron a Silverio, su primer marido. Supongo que sentiría más sorpresa que dolor o tristeza grave, porque se acababan de casar cuando embarcó Silverio. Quince años. Pero ella quiso casarse, para que se fuera a la guerra con mujer y tuviera seguro que alguien le aguardaba y no estuviera solo allí tan lejos. El no volvió. Si fue como lo cuento, no lo sé; mejor dicho, no lo he leído, pero me jugaría algo a que fue así. Antaño, a los quince años ya se sabía lo que se quería. La vida era lenta y breve. No se podía andar dudando. Se aprendía muy pronto a elegir y si te equivocabas, la habías jodido para siempre. Porque la gente ser moría tan pronto como lo tenía todo resuelto. Agustina se hizo, sin embargo, abrumadoramente vieja para haber sorbido tanta muerte por los ojos. Y yo apuro el objetivo, intentando ver el color de esos ojos, cómo miran, en qué lugar del diafragma han guardado el rastro de la sombra de la muerte. Sólo de la muerte le habla a Ester, que también sabe su parte, pues el hijo de Agustina, Andrés, al que se lo llevaron a fusilar en algún lugar de la carretera de Torrebaja, era su marido. Al hermano de Ester, José, lo mataron unos días después, cerca de la finca de sus padres, a las afueras. No hizo falta, ya lo sabe, abuela, que nadie lo mandara llamar con engaño al pueblo, como pasó con Andrés. A mi hermano José lo encontraron por casualidad en un camino y allí lo tirotearon. Las manos de las dos mujeres que danzan contra el verde del ciprés plantado a la puerta del molino, junto al río, me interesan mucho igualmente. Las mujeres de este país se hartaron, durante generaciones, de vestir a los muertos. Pero las manos de estas dos mujeres sólo se arrastraron por la tierra vacía. Tomo nota de las manos, para el guión, digo. Ester tiene ya sesenta años.

 

        Al principio de todo anoté el año: 1950. Conozco la fecha de nacimiento y muerte de Agustina. ¿Cómo sabré de ella, sin embargo, de sus cosas, del mundo que le tocó vivir, un mundo muy extraño, aunque hasta él se hundan mis pies? El mundo de Agustina, Rosa y Ester es tan pequeño y circular como un capicúa. Mientras ellas dejan pasar las horas en torno al ciprés y luego a la lámpara de alcohol, junto a la puerta a oscuras porque, claro,  no hay luz eléctrica en este pueblo,  se ponía en marcha, díos mío, en ese año de 1950, aquel primer ordenador – Univac- que se vendió con fines comerciales – me ha refrescado la memoria Wikipedia y me vendrá bien no perderlo de vista: brutal abismo. ¿Cómo no va andar torcido este planeta por su eje con tales diferencias? ¿Cómo podría en aquel tiempo suyo imaginar ninguna de estas mujeres que algo así existiera? Ellas nunca dejarán el siglo XIX. El siglo donde Agustina conoció por primera vez la muerte, aunque de lejos, porque a su marido se lo mataron al otro lado del mundo, y porque ella era muy joven y misteriosa todavía y estaba apenas recién casada. Pocos lazos entonces la unían a esa muerte. La muerte es el reverso absoluto del tiempo encadenado de los circuitos de un ordenador, pienso, y por eso la película de Kubrik acaba como acaba, en el principio. Vuelvo a ellas, vuelvo a buscar los ojos de Agustina. Silencio. Dejadme un rato a solas junto a ellas.

 

        Están llorando Ester y Agustina, están llorando. Sin hacer ni ruido. No pueden. Nadie debe saber en 1950 que lloran a sus muertos. Ha de ser un llanto sin eco. Llanto para muertos exiliados. Agustina aprovecha para llorar además a su segundo esposo, el padre de Andrés y de Juan y de Adela. Y a estos hijos, a los tres, también los llora. Y a las hijas de Adela, a Elisa y a Juana, que con su madre habían bordado por encargo del ayuntamiento de este pueblo una bandera. La mala sombra fue que el pueblo se quedó desde el principio de la guerra en la otra zona. Fue la mala suerte, dice Agustina. Una mala sombra que le ha comido la vida. La mala sombra que nos ha jodido la vida, dice en 1950 esta mujer que se hubiera quedado sin nada y sin nadie, si no fuera por su nuera y la madre de su nuera, que no son su sangre, tres patas de una silla vacía. La cuarta pata son los nietos, ellos sí son su sangre, pero están fuera, a resguardo en lo posible de la mala sombra, porque nunca se sabe, que es muy larga esa sombra. A la primera que asesinaron fue a Adela, a la puerta de su casa, tal día como mañana de hace catorce años. Estaba sola a aquella hora de la calurosa mañana de julio. El marido y las hijas y el hijo huyeron luego, cuando supieron. Pero los encontraron. Las mataron a Elisa y Juana, por lo de la bandera. Antes de matarlas hubo más. Pero ni Agustina ni Ester quieren ni pensarlo.  El hijo vive en Suiza y no soporta en absoluto oír nada de nadie de este pueblo. Nunca lo ve a este nieto. El yerno se murió de dolor cuatro meses contados después. No como Agustina, fuerte en su fragilidad de pizarra sobre la que el tiempo escribe largamente a zarpazos.

 

        Si yo no hubiera leído estas cosas en letras escritas por otro de los nietos de Agustina, con datos tan concretos como comerse las uñas, no habría pensado que toda la historia de este país se pudiera desbordar sobre una sola persona con tanta crueldad hasta arrasarla. El último en morir aquel verano de hace catorce años fue Juan, el hijo mayor. El único que estuvo preso porque era concejal cuando el pueblo cayó del otro lado.  Saberlo vivo el tiempo que duró no le sirvió de nada a Agustina, pues aún fue peor conservar la esperanza, la única ya posible, que tampoco lo fue. Como no tienen tumbas, Ester y su suegra vienen todos los años hasta la carretera, del lado del molino, a recordar frente al ciprés. Rosa se queda en casa, desgastando las cuentas del rosario. Pero las otras dos dejaron de rezar. Agustina dejó de hacerlo ya el día en que no pudo tampoco sepultar a su segundo marido que le mató otra guerra, aquella vez en África, pero no sé en qué fecha, seguramente al establecerse aquel Protectorado que causó tanta desgracia. Hago componendas y veo que si es muy probable que Silverio fuera algo mayor que Agustina, ella debió de ser de más edad que este otro marido, el verdadero, con el que tuvo los tres hijos muertos entre julio y agosto de hace catorce años, y que podría haberse llamado Bernardo, por ejemplo: es un nombre de entonces. Estos detalles me ayudan. Quiero reescribir la vida de esta mujer para entender cómo pudo continuar erguida, cómo aguantó de pie hasta este último paseo del que ahora la veo regresar lentamente hacia su casa, del brazo de la nuera. En silencio. La sigo bien, tengo el enfoque adecuado. Cuando la encontré estaba muerta y enterrada. Quise ponerla en pie para que llore en público, para que oficie las ceremonias que nunca tuvo oportunidad de celebrar, para que lleve luto, para que olvide y muera mientras sus tres únicos hijos van muriendo con ella en los siguientes veinte días de este verano de 1950, que ya funde en negro.

 

 

(Luisa Miñana ©. Del libro “La arquitectura de tus huesos”) —>

 

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